El mundo figurábaseme una cosa tan vasta y limpia como el mar, tan limpia y noble como mi casa, multiplicación de mi casa misma en un edén abierto á los espacios y en el que el dolor y la maldad nunca hubiéranse excitado. Gentil ilusión infundida en la niña por quien, creyendo poder siempre ampararla con su amor, iba abriéndola el alma á los bellos agrados de Dios y de la vida, sin entenebrecérsela siquiera con esos terrores de los cuentos de ladrones y fantasmas que todas las madres les cuentan á sus hijos. Así, á los doce años tuvo que ser enorme y como absurda la primera conmoción del dolor en mi sorpresa con la muerte de mi madre.

Golpe fatal para todos. Mi padre debía continuar sus viajes á Roma, á Nueva York, á Nueva Orleáns, y, á medio formar mi educación, no quiso confiarme á la antigua sirviente que tuvo que encargarse de la casa. No habiendo buenos colegios en Veracruz, me llevó á uno de Nueva Orleáns, ciudad por él muy frecuentada; y sus presencias allí, aunque breves, y sus cartas, fueron mi consuelo. Cartas en que el dolido amor del ausente mitigaba cada día un nuevo dolor de mi inocencia. Aunque de niña, era ya aquello el mundo de la realidad, que me iba hiriendo á alfilerazos; y hasta que me habitué, hasta que aprendí á ahorrarle la fatiga de mis quejas á mi padre, sus cartas tuvieron que ser algo así como las de un ideal enamorado que quería guardar mi alma para él, aterrándola con la verdad, y aun tal vez la exageración, de las crueldades de la vida. Mi dolor se refugiaba en su recuerdo, en el cariño de las monjas y en el altar de una Virgen; pero á la luz de las estrellas, en la majestad de las noches, evocando á mi madre, lloraba de no poder amar amplia y candorosamente la vida, como ella me enseñó.

A los diez y seis años dejé el colegio. Mujer ya vestida de mujer, me consagré á aquel padre infeliz cuya viudez le había minado la salud y en cuyos ojos leía yo su miedo de morir y dejarme abandonada. Más de una vez, en los viajes á que me llevó y en sus esfuerzos por hacerme frecuentar en Nueva York la sociedad, vislumbré sus ansias de encontrarme un digno marido; rica, no habría sido difícil; pero mi ambición cifrábase en continuar la humilde vida á que habíame acostumbrado la reclusión de mi niñez y la reclusión de mi convento. Para aguardarle en las ausencias, me bastaba Ana Leopolda, la sirviente—leal, buenísima, viuda de un torrero de faros holandés, y que había puesto en mí el cariño de una hija (Rocío) que perdió también cuando pequeña. La llamábamos Popó por familiar abreviación.

Los negocios de mi padre consistían en la importación y exportación de caucho, algodón, maderas, café y petróleo. Su corresponsal más importante era el marqués de Scoppa, linajudo prócer italiano, cuyo hijo, el conde de Montsalvato, completábase la educación mercantil viajando por América; llegado éste á Veracruz, fué acogido cordialmente en nuestra casa.

Era un joven guapo y elegantísimo, de una corrección irreprochable. Su anunciada estancia de tres días, dedicada á visitar los almacenes y centros productores, se dilató á casi un mes. Yo parecía haberle impresionado desde luego; pero supo mantenerse discreto para no requerirme de sentimiento alguno que no fuese la amistad. Debo confesar que me halagó su conducta, tanto como su arrogantísima figura, impregnada de cierta melancolía y dulzura principescas, y que correspondí á las cartas y postales que durante todo el invierno me envió desde Nueva York y Filadelfia.

Inesperadamente volvió á presentarse en Veracruz y le solicitó á mi padre mi mano, manifestándole el deseo de efectuar la boda (para lo cual se había provisto de los necesarios documentos y permisos familiares) con tal celeridad, que yo hubiera de seguirle inmediatamente á Europa. Mucho aturdió á mi padre la sorpresa, y no menos hubo de aturdirme y casi desagradarme á mí; porque por lo mismo que en mis vagos sueños pudo haber entrado la no imposibilidad de ver á través del tiempo trocada en más que de amistad aquella cortés correspondencia, heríame que el hombre delicado aspirase á la brusca adquisición de mi cariño al modo de la de una cosa comercial. Sin embargo, él, con su acento comedido, me explicó tal vehemencia achacándola á la del amor que sentía por mí y á la dignidad que le vedó descubrírmelo, como huésped de mi casa; mi padre, por otra parte, conocedor de la honorabilidad del marqués de Scoppa, no encontraba reprochable en la conducta del hijo más que, si acaso, su excesiva cortesía, su excesiva corrección—y acabó por vencer mi resistencia en su afán de situarme con un hombre distinguido y laborioso. La pena de nuestra separación quedaba compensada para el pobre enfermo que no lo parecía, para el pobre enfermo del corazón, más grave de lo que yo imaginaba en su complexión aparentemente fuerte, con la circunstancia de ser Roma una de las ciudades adonde le llevaban cada dos ó tres meses sus negocios.


A la boda concurrió el marqués, cuyas bondades me encantaron. Durante los preparativos de ella, creí también confirmar en todo la excelente educación del conde: sus maneras selectas; su ilustración, que le permitía opinar con breve seguridad en no importaba qué cuestiones; la sensibilidad de su alma á la moderna, liberada de aristocráticos prejuicios é inclinada á amar lo dulce, lo modesto, lo sencillo.

Vuelto á Roma el marqués, partimos para Nueva York los recién casados.

Luna de miel harto extraña, por su misma violencia pasional y por ciertos hábitos y rasgos de carácter que en la intimidad le fué descubriendo á Guido. Aficionado á los licores y al éter, con los cuales exaltábase su fondo de indolencia taciturna á una vida artificial, inyectábase después morfina ó absorbía grandes dosis de cloral para calmarse la excitación de los insomnios. Irritable en demasía, todo lo hallaba ridículo ó ingrato: los museos, los enormes edificios, la fastuosa insolencia de los grandes potentados que solíamos ver en la ópera. Como potentados, sin embargo, él nos había instado en el mejor alojamiento del mejor hotel, y por la menor cosa trataba á los criados con dureza. Sólo á mí envolvíame en atenciones excesivas, como á una niña que necesitase protección y guía á cada instante: al pasar una puerta jamás dejaba de adelantarse á abrirla por su mano, no olvidaba ofrecerme el brazo al bajar una escalera, y temía que en la calle me atropellasen los coches ó que en las tiendas me engañasen, si no intervenía él con su elección, acerca de la finura y el buen gusto de un dijecillo, de un abanico, de un sombrero que compraba. Incongruente siempre, llevábame á media noche á cenar en los restoranes de cocotas, y me contaba cuentos é historietas de inocencia encantadora..., en tanto una tras otra iba apurando copas de coñac.