Llora. Llora.

La súbita cobardía de mis nervios disípase dejándome en no menos súbita reacción de angustiosas reflexiones.

Transpira alma su dolor, alma á cuyos fosfóreos resplandores recobro amarga y plena la serenidad de la conciencia. El muerto y el asesino se funden y flotan en sombra sobre mí y sobre la que no es más que una víctima inocente..., sobre la que pudo para mí mismo seguir siendo siempre la Rocío de su mentira impenetrable y por la sola noble voluntad de su lealtad deja de serlo..., sobre la que es la mártir calumniada y santa que sabe todas las ternuras infinitas porque, sin ser infame, sufrió todas las infamias.

Inocente, sí, inocente; inmensamente infortunada. Y así, absolviéndola allá en Roma, lo habría de haber reconocido el Tribunal de la justicia, y en el mundo entero el tribunal de la opinión, para que, ¡ah!, por el delito de su generosidad y de su amor, por el delito de haber sabido ser ángel de perdón á mis vilezas efectivas, ciegas la condenasen mis vilezas.

Me inclino á ella, la atraigo con la dulce y casi brutal violencia del enorme pesar del corazón mío por haber podido abominarla ni un minuto, y con la emoción de sus bellezas sagradas, excelsas, beso su frente, beso su pecho, uno mi boca á su boca.

Cuando la he infundido fervores absolutos, la alzo, medio envuelta en las pieles, y la llevo contra mí hacia el lecho nupcial que ella ha sabido delicadamente prepararle á nuestra vida.

—¡Rocío! ¡Esposa, perdóname!... ¡Juro por ti, lo más alto sobre que ya sabré jurar, que aunque pudiese no te libraría de las infamias que volviéronte mi Ensueño...! Seas quien hayas sido para los demás, para mí eres el Amor, eres la Amada, eres y serás siempre la Mujer, la criatura de Dios, el Ángel que no habría podido ser tan ángel sin las feroces crueldades de la tierra. Nunca cuando yo te hablaba de lo horrible, pude imaginar que me escuchase quien lo había sufrido de tal modo. Nuestra noche triunfal hará que olvidemos el pasado, y Rocío de nombre y alma siempre quedarás para mi alma...

VI
«NOTAS DE LA EX CONDESA DE MONTSALVATO»

Nací en Veracruz hace veintidós años. Cesárea Fernanda, por nombre de pila. Mi padre era de origen español; mi madre, norteamericana. Le debo á él mis cabellos negros y el fondo meridionalmente apasionado de mi corazón, y á ella mis ojos claros y la fe serena de mi espíritu.

Se deslizó mi infancia en la dulzura de un hogar donde no recuerdo que mis padres trataran casi á nadie. Ídolo de los dos y muñeca de las inteligentes adoraciones de mi madre, ella me adornaba y me vestía, ella me mimaba, ella exclusivamente me educaba y con ella aprendí los domésticos cuidados y los idiomas y las cuentas que, desde bien niña, permitiéronme ayudarla en su dirección de la correspondencia comercial y de los libros de negocios. Nos acostábamos á las diez, nos levantábamos al alba; juntas, rezábamos en nuestro cuarto de baño, mirando el cielo del jardín, y juntas íbamos á la iglesia los domingos y luego á ver el mar—á cuyo opuesto lado estaba mi padre con frecuencia.