—¿No me recuerdas? ¿No me recuerdas?—persiste, trágica, advirtiendo mi atención á su cabello y sus axilas—. ¡Claros mis ojos, que no pude transformar; hueco, así, pero negro también, y no rubio, mi peinado!... ¿No me recuerdas?... ¡Oh, has mirado tantas veces mi retrato en los periódicos, conmigo misma, junto á mí, y te he oído despreciar mi propio nombre tantas veces!...
Tremenda insinuación. Mis torpezas se rasgan.
—¡Tu nombre!—exclamo—. ¿Tú?... ¿Tú eres... tú te llamas...?
Y como me paraliza el terror, ella deja caer los brazos, dobla la frente y termina:
—¡Sí..., la condesa de Montsalvato!!
Repelida de la que ha dicho este nombre, sepárase mi mano tal que de una víbora.
Lo más aparte que puedo, desde el brazo del sillón, la contemplo; ella, en rechazo de mi huída recogida de improviso también al otro lado, fulge sobre la espantada torva su halo siniestro del crimen...
La contemplo, la contemplo sombría toda y envuelta la cara en la blancura misma de sus brazos, monstruo increíble, y miro alrededor de la estancia cual si en un rincón de sus tinieblas estuviese un hombre estrangulado y el tétrico asesino Wanska tras de mí.
Demasiado espantosamente comprendo ahora el descuido de la extraña madre para aquella niña del vapor..., para esta mundana mujer en que pudo transformarse la niña en Buenos Aires..., para esta inicua disfrazada de rubio arcángel en los altares de la Virgen, y en mi corazón de enamorada candorosa...
Mas... ¡oh!... Llora... Veo que el forzado silencio de las lágrimas recórrela la espalda en congoja de sollozos que la ahogan, que la matan, y su desconsuelo ata, las repulsiones que impúlsanme á escapar.