—¡Ah!

Otra convulsión recógela más contra mi hombro.

—Dilo. Lo exige la fe suprema que en cada uno no nos haga desconfiar de la del otro; la previa y noble firmeza de la conciencia de los dos, sin la cual esto no significaría más que un término de farsa en el juego de la farsa. Y puesto que él sólo bastaría, según me has anunciado, á revelarme lo que fuiste, aunque de haberlo sido tu escrito mañana te sincere..., y puesto que ya tus joyas, también, y esa madre falsa me han revelado lo bastante..., dímelo, dímelo, pronúncialo, ¡tu nombre! ¡Ah, pobre ángel mío!... Contra tu voluntad y tu inocencia pudo ser el de una famosa vendedora de inocencia y de caricias. ¿Verdad?

Repentina, apártala de mi pecho un nuevo espasmo.

Una señorial dignidad hácela ocultarse instintiva el regazo con el vuelo del abrigo.

—¡No!—protesta luego, solemne y lenta—. ¡No he sido jamás lo que sospechas!... Más infame, menos vil. Habría preferido que, si has de maldecirme; no me maldijeses hasta que yo no pudiese oír tu maldición; pero te obstinas; tienes razón, además, y... sabrás mi nombre, ¡Oh, mi nombre!

Se gira á mí, pleno el rostro á la luna; vuelve á echarse y á ahuecarse el pelo hacia atrás con ambas manos.

—Mírame bien, Alvaro: aun antes de conocernos, tu repugnancia y tu desprecio estaban hartos de verme retratada en los periódicos... entre el escándalo de un crimen... ¿No me recuerdas?

¡De... un crimen! ¡Ah!

En las transfiguraciones, en las sorpresas, en los asombros que la hermética del misterio me guardaba, éste es el más horrible y el último. Estoy contemplándola, esclavo de la fija voluntad con que excita mi memoria, y adquiere su belleza soberana algo de fatídico. Surge su busto como el de una esfinge de marfil de las negras pieles que la frisan la cadera, y la luna alumbra por igual el vello negro en sus axilas y el rubio pelo en su cabeza sujeta por las manos.