El hechizo, el prodigio, el portento de beldad me deja extático.
No he acertado sino á sobrecogerme con la sagrada veneración que impondría una diosa.
Bórrame en un momento toda noción de impurezas del mundo su resplandor de purezas del cielo, y ella, mostrada así, sólo me esquiva al fin su emoción reclinando contra el respaldo la cabeza caída hacia una mano que ocúltala los ojos.
Tiene la otra mano fuera de la butaca, tendida á mí, tal que una flor de nieve. Un seno que altivo le proyecta sombra de valle de rosa á aquél bajo el cual late el corazón, estremécese en la altura á los apasionados sollozos del pecho como una paloma sorprendida. Ánfora de nácares la de su busto, la de su talle, la de sus muslos unidos, cuya dulce esplendidez me explica que hundiéranse al estribo los coches cuando los pisaba el breve pie de la hermosísima criatura. Y es tan casta su olímpica desnudez, que apenas si la luna tiene que recatarla en la penumbra el rincón que en el regazo la forma rizoso y leve broche de divina humanidad.
¡Oh! ¡La bruja de mi asombro!
¡El traje de alma que escondíame la penitente del amor!
Calladamente, como quien pudiera ahuyentar al hada de un ensueño, me levanto y voy á sentarme en el brazo de la butaca, rodeándole el mío por el áureo tesoro de su pelo á la divina.
—¿Quién eres?—la pregunto.
Se refugia en mí—de una convulsión. No me contesta.
—Quién eres lo sé mejor que tú; largamente ha ido diciéndomelo tu alma, y me lo ha dicho de tal modo, que ni el temor me queda de que te lo impida ser lo que hayas sido. Pero porque lo sé, porque en tu tormento de indignidad eres la digna de mí, es preciso que tú, la valerosa, la leal, al ser mía, y para que yo recoja á un tiempo y para siempre en tu vida entera tu amor y tus dolores, arrostres la lealtad y el valor de decirme lo que fuiste. ¡Ya ves, si no, Rocío que ni Rocío te llamas, cómo la mentira de ese bello nombre suspirado por los besos de mi alma en nuestro amor, mancharíalo de mentira!... Dime el tuyo.