Mas no logro olvidar al mísero padre de familia que sabe francés, que sabe inglés, que es un inteligente trabajador, cuyo acoso de la vida le impidió desenvolver sus aptitudes..., que es un español honrado, cuando menos, que quiso darle á su patria cinco hijos..., y que, lanzado por su patria, emigra y acógese á la compasión del barco sirviéndole de rapa á inmundas extranjeras.
La injusticia me acongoja. No sé qué parte de ella puede caberme á mí, y las lágrimas vuelven á inundar mis mejillas. ¡Oh, la neurastenia! ¡Qué excelsa maldición! ¿Por qué cuando estamos buenos y bien hallados en la vida no vemos todo esto?... Al revés, el ajeno sufrimiento nos impresiona como un contraste pintoresco que realza y le presta el claro oscuro á nuestra dicha: un golfo que, muerto de frío, cierra el coche donde nos ha unido la lujuria con una hembra de alquiler, nos hace sonreír y decirle una alegre chirigota; una anciana mendiga nos hace arrojarla de mal modo una moneda y un insulto, sin pensar que tenga las mismas entrañas hechas por Dios y las mismas canas quizá que nuestra madre; un camarero que nos habla el francés y el alemán nos parece sencillamente un majadero.
Y... seco precipitadamente mis lágrimas..., aunque los que llegan podrían demás, á saber su causa, comprenderlas: la joven rubia con su madre y los señores sacerdotes. Siéntanse á pocas mesas de mí, y ellos se ponen á fumar y ellas á leer libros de oraciones.
Es un ángel esta niña. Viste siempre sencillísimos trajes blancos, con la falda hasta los pies, y luce el ceniza dorado tesoro de su pelo en trenzas á la espalda. Por la gentileza del cuerpo diríase una mujer de veinte años; por la lozanía, y el candor del rostro, una chiquilla de trece.
¿Contará diez y siete ó diez y ocho?... No. Así como hay damitas que gustan de prolongar su aspecto adolescente valiéndose del infantil engaño de las ropas, hay niñas de precoces desarrollos que, á pesar de la puerilidad de su semblante, tienen antes de tiempo que alargarse los vestidos; y ésta es una de ellas. No he visto jamás una expresión más cándida y sincera. Tras la diafanidad de sus ojos verdes, claros, su alma de sencillez fulge al modo de un resplandor ancho y sereno á través de dos faros de esmeralda. Mira como sin ver, á las gentes..., á los cien tontos que á bordo se la comen con los ojos, y mira, en cambio, con éxtasis de atención inmensa las lejanías del mar y los crepúsculos.
Una atracción de suavidades me inclina á venir observándola hace días; á buscar los sitios de apacible soledad que ella prefiere; y he podido advertir que apenas si se asoma con su madre á los bailes del salón, que se acuestan á las once, y que se levantan, igual que yo, para contemplar las albas esplendentes, cuando aún no se ha hundido Venus en la línea de las aguas.
Miedo me da la idea de que, advirtiendo al fin la asiduidad de mi presencia, hubieran de juzgarme uno de esos imbéciles que por ahí las importunan.
Deja el libro. De un paquete de periódicos, saca uno y pónese á leer.
Los grabados tornan á advertirme que lo que tanto la absorbe en los diarios es, ¡ah, también!, el crimen de la italiana.
Como á los demás, como á todas las damas del pasaje. Pero á esta niña, de carne y alma de inocencia, plácela, sin duda, lectura tal, no por saborear manjares de perversión, sino por una trágica atracción folletinesca que afirma su infantilismo. Igual que ayer y anteayer, la veo ensimismarse en los relatos del crimen más que en el libro de oraciones, y á veces sigo en su faz de ángel los horrores que la crispan.