¡Oh, sí, sí, diáfana su faz..., diáfana como un fanal su vida entera! También cuando todas las mañanas la contemplo de hinojos en la misa, veo el fervor con que su pureza pídele á la Virgen no se sabe qué perdones.
¿Será una francesita?... Franceses son los periódicos que lee y en francés habla con los curas, uno de los cuales debe de ser hermano de la madre. Sin embargo, no tiene ese tipo que hace á Francia parecer un monótono bazar de muñecas blondas de pómulos salientes y labios gordos y encarnados.
—¡Adamar? ¡Adamar?... ¡Hombre, Adamar!
Giro, y me estremezco. Medio corriendo y en grandísima algazara llegan á buscarme el dramaturgo, el húsar, el cónsul, Placer y la actriz de la Cigale. Recogida alta la falda, enseña Placer la aparatosa seda de sus medias.
Me causan la impresión de que profanan un templo. Los curas, la madre, la niña-arcángel han vuelto los ojos hacia el tumulto de estas mujeres de hermosura descompuesta. Porque no se sienten aquí, me levanto y salgo al encuentro de mis amigos para ir en su compaña á cualquier parte.
Estamos en tierra.
Hemos venido durante la mañana viendo definirse las altas montañas de esta isla, mirando por la vasta extensión del agua la lejanía de las demás del archipiélago, y acabamos de desembarcar en Tenerife. Nos guía muelles adelante un grupo de periodistas canarios que ha acudido á recibir al dramaturgo. Placer tutea desahogadamente al cónsul y no se le descuelga del brazo. Derechos conyugales que se abroga. Él no parece agradecerlo.., ya. Bien con otra triunfal alegría me contó hace unas noches la historia: luna en su camarote, y una ilusión de cien kilos de sirena de cocota á su litera llegada desde la espuma del mar. Lo peor es que ni á luna ni á sol se le aparta desde entonces. Lo que temía para mí, de no haber puesto enérgico el remedio.
Entramos en Santa Cruz. Llena la plaza, de señoras que pasean y de tiendas de tabaco. Es éste el país de la eterna primavera, como la isla de Calipso. Las casas pequeñas, pero lindas, tal que casas de juguete, están pintadas de verde, de rosa, de cielo... Macetas en las ventanas, macetas en los balcones. Tropical Andalucía paradisíaca, y más frecuentada por ingleses. El verdor de las montañas le forma un valladar de frescura á la ciudad. Las mujeres todas me parecen bellas, altas, con la gracia gentil de la española pigmentada en africano.
Tomamos vermouth en la terraza de un bar, y nos surtimos de tabaco. Precios inverosímiles: paquetillos Henry Clay á veinte céntimos, y habanos á real.
Tres coches nos suben una larga calle en cuesta. Siempre las lindas casas y hotelitos de juguete. Visitamos tiendas de orientales. Los bajos precios incitan á comprar. Obsequia Placer al cónsul con un elefantito de marfil y él tiene que pagarla doscientas y pico de pesetas por un bazar de cosas que ha ido escogiendo: gemelos de teatro, chales y kimonos de seda china, maques, polveras, estuchillos...