—Perfectamente—me dice aparte el cónsul—. He hecho el primo; pero con ésto habrá de darse por contenta y no hallará ocasión de nuevos cobros.
La gratitud hácela aferrarse á su brazo más gachona.
Entramos en dos redacciones. Nos retratan. Placer, clavada á su rubio amigo «para que cuando el periódico llegue á España los vean muy juntos», suelta cada barbaridad que canta el credo. «No la gusta París porque allí llueve y ventosea mucho». Al fotógrafo, que al componer el grupo la tocó la barba, le dijo «mari... quita»; y á un chico que corriendo la tropezó en la calle, «hijo de un rato».
Y andaluces, sí, andaluces los canarios, no saben prescindir de llevarnos á un arrabal de Santa Cruz para probar el vino isleño. Luego, montaña arriba, van al Quisisana los coches.
Es uno de los grandes hoteles del turismo. Inglaterra. Misses, ladys y milores. En la ascensión hemos contemplado panoramas sorprendentes. Ahora el Quisisana nos brinda todo el confort apetecible. Su extranjera y silenciosa población le da aires de un convento de elegancia. Para mis ansias de paz tomo nota de este hotel y de este país encantador. Acaso alguna vez venga á habitarlos.
Victoria háceme advertir la injusticia con que los españoles buscamos fuera de España los parajes de belleza; vamos á Niza, á Italia, á Suiza, y no sabemos siquiera que tenemos hechizos superiores en Asturias y Galicia y Baleares, en la propia Extremadura, en Canarias, en Granada. Sin duda somos gentes de un individualismo altivo y feroz que nos deja ser colectivamente calumniados.
Consultando los relojes, deploran nuestros acompañantes que no nos quede tiempo de visitar la verdadera maravilla de la isla: el valle de Orotaba, lleno también de magníficos hoteles; y, andaluces, individualistas, al fin, á la española, encerrados en sus gustos, nos hacen partir del Quisisana para llevarnos á comer á una típica taberna... ¡como si las tabernas y nada más que las tabernas fuesen lo típico de España!
Me resigno á la taberna.
Escabeche y guisos de figón. Algo de guitarreo, con un torero que aparece, al cual Eyllin le acaricia la coleta, y baile de Placer con taconeo y patas por el aire. La actriz parisién y nuestro autor se entienden, á pesar de sus géneros distintos. No hay como ser hombre festejado para la adhesión de una francesa. Eso sí, al final iguales, francesas y españolas... y ya verá también Carlos á la hora de cobrar.