Nos sentamos en la otomana.

Tibia la noche, por las vidrieras abiertas la luna nos inunda, y nos llega el trinar de ruiseñores y el perfume de nardos del jardín.

Un momento aún queda Rocío suspensa en sus concentraciones, perdida la mirada por el cielo, y últimamente se gira á mí sonriéndome humildad:

—Lo que pensaba, lo que querría decirte, es difícil. Yo misma he querido decírmelo á mí misma, y no sé. Pero, verás...: mirando á Mary recordaba el zorzal de aquella tarde, y recordando á los que le habían abandonado moribundo, recordaba también nuestro temor del otro día sobre que fuese nuestra piedad una excepción, una vergüenza. ¡Oh, no! Si fuese vergüenza, nuestra piedad, no habría de ser excepción, al menos; y si hubiera de ser orgullo, tampoco tendría por qué excepcionalmente envanecernos. Ni esa pobre niña enferma es el zorzal que vimos recogido por el único consuelo de la muerte, ó el lobo herido de que habló el maestro de la granja, ni nosotros ni Leopolda, ni Emma, ni nadie de La Joyosa, somos los otros zorzales ó los otros lobos que la hayan visto caer herida de dolor para dejarla sin socorro, aun á costa del propio sacrificio. Fíjate: imposible mayor sinceridad que la de la pena de esas jóvenes amigas que aquí han renunciado á su sueño por velarla con nosotros; de ese don Luis, de ese médico, de esos hombres que por ayudarnos á todas horas á cuidarla, y aun llorando muchas veces, olvidan igual sus comodidades, sus casas y sus teorías divina ó humanamente desdeñosas de la vida, ante el simple hecho de una humana vida que se rompe; de esos pastores y zagalas que, despreciando su descanso, desde todas partes de la dehesa y de fuera de la dehesa, no han dejado de venir á llorar por la que fué ángel de dulzura para ellos... El dolor de Mary estaba, pues, haciéndome pensar que la piedad existe de tal modo, y tan fuerte, era las gentes que nos rodean y en las gentes todas de la tierra, que así como en el Palmar pudo revolverse contra los desafueros de un malvado, ni la guerra que asola á Europa es capaz de ahogarla en el fragor de sus crueldades: tal que á Mary, aquí, con nosotros, entre extraños, al fin, que la recogerán para siempre, con su hermana, como á dos hermanas más, no le habrá faltado al pobre Herman la abnegación de otros extraños, de un médico que querría salvarle y de una enfermera que llorase sobre su infortunio en un lecho de hospital, si á él llegó con vida; y no le habrán faltado, no le faltan á los que caen bajo el cañón ó la desdicha, por muchos que puedan ser, esas mismas abnegaciones y socorros, esos mismos hospitales en que transforman los ricos sus palacios, y esos mismos llantos y caricias de la compasión universal que acude con un poco de ciencia á cada herido, con un poco de pan á cada hambre, y con una cruz siquiera á cada tumba...

Calla, un instante; calla la maga, que me está cruzando el ser de glorias de luz ante las cuales se me borran las nieblas sombrías del pesimismo... y cuando voy á agradecerla, no sé si á besos ó á palabras, la fe que me devuelve, sonríe y me pregunta humilde, cogiéndome las manos:

—Y di, Alvaro..., tú lo has de decir, puesto que esto era lo que mirando á Mary no he acertado yo misma á decírmelo á mí misma: si la piedad es una realidad indudable en los demás y en nosotros, si al lado de la brutalidad y la fiereza no habría de ser en la Humanidad entera un inútil histerismo, sino al revés, algo tan extraño que, diferenciándonos de las fieras, de los brutos, sobrepónese al egoísmo para hacernos amar el ajeno sufrimiento antes que el propio bienestar..., ¿qué sería la piedad y qué cosa podría engendrarla de la humana vida, que no tengan los brutos?

Queda ansiosa contemplándome tan bella que al contestarla sólo tengo que robar la respuesta en ella misma:

—Tus ojos. Tu belleza... ¡El amor!

—¡No!—rechaza la que ya habrá medido esto—. También aman las fieras á sus hembras que son bellas, y no saben de piedades.

Vacilo; pero insisto, tomando igual de otro resplandor de ella la contestación: