—¡La inteligencia!
—¡No!—vuelve veloz á protestar—, los más inteligentes son todos esos hombres que en la guerra se destrozan.
Tiene razón. No sé qué más responderla. El desánimo la hace soltarme las manos, para girar la cabeza al cristal y suspirar mirando al cielo:
—¡Oh, Alvaro, somos buenos y no sabemos por qué ni para qué!
«No sabe por qué somos buenos.» «No sé por qué somos buenos.» «No sabemos por qué ni para qué somos buenos y son buenas las gentes.» Acaba así de plantearme el problema que cien veces creímos tener resuelto, restituído por su delicadísima perspicacia á la indudable exactitud de la piedad que guarda cada corazón como un sagrario, y ni aun con revelársenos esa piedad tan fuerte y tan extensa, puede borrarnos la penosa duda de que su fuerza no sea más que una apariencia vana destinada nuevamente á sepultarse en las mansas brutalidades de la paz ó en las fieras brutalidades de la guerra.
Triste y absurda suerte, entonces, la del mundo, que Rocío y yo, con nuestros amores á la Vida, y á pesar de toda la tremenda imposición de todas las crueldades implacables, no queremos admitir; pero, desde ese absurdo, nuestras ansias vienen á estrellarse no menos implacablemente en los hermetismos del enigma: ¿qué es, qué puede ser la piedad; qué puede engendrarla con su tenacidad persistente á través de los dolores, como una fuerza eficaz brotada de algo noble y como inmortal de la vida misma...; qué sentido y qué valor debe concedérsele..., si no hubiera de representar una tan terca como estéril sensiblería en medio de la crueldad humana y en medio de la crueldad del Universo?
¡Ah!, quiere saberlo, quiere saberlo Rocío, que alumbrada por la luna se lo demanda con angustia á las estrellas; quiero, quiero saberlo, contemplando á la que en vano me oyó decirla un día que este mundo pudiera ser estrella y no lo es, y en el afán, como mortal, de averiguarlo, y de averiguarlo, aún, en ella misma, pues no acierto á entender cómo no dejé encerrada toda la razón de la bondad del mundo en cada una de las dos respuestas que me dictaron su amor y su talento..., clávanse mis ojos en la luz fosfórea de sus ojos, miran la sobrenatural belleza de su frente y de su boca y de su cuerpo que es divino..., pasan un punto á la contemplación del cuadro excelso que sírvela de fondo, con el cielo azul, con los astros de la noche soberana, con los perfumes y el trinar de ruiseñores del paraíso de hermosura que, á pesar de su crueldad, es nuestro inmenso y dulce paraíso..., y cayendo otra vez á ella el afán de mis ojos, la contemplo, la contemplo convencido de que sólo en la armónica verdad de la que por ser mi bien y mi ternura fué mi fe y mi salvación, puede estar la razón de todas las razones, de toda la Armonía.
La contemplo con tal aguda y ardiente intensidad, que creo á ratos que mis miradas la quemen como dardos encendidos que se hundiesen por su carne y por su alma en pos de la mariposa del misterio que dentro de ella revuela y se me escapa. Por su alma, por su carne..., por su boca y por sus ojos..., por su vida de pagana divina amante de la Vida que no puede admitir la suya en mentira gentil de la lujuria, si no fuera más nuestro amor que el de dos fieras. Por su vida, de tal modo diáfana y purísima á la pureza blanca de la luna, de tal modo sagrada junto á mí en mitad de las sagradas grandezas de la noche y de los campos y los cielos, que..., ¡oh, al fin!, la mariposa de ilusión de la pureza de todas las purezas que persigo y se me esconde en sus entrañas, sube una vez, salta en un destello ó en un suspiro desde la frente á los labios de la amorosa pensativa, y rápida mi angustia la aprisiona con un grito, con un beso.
He sorprendido y casi asustado á la inmóvil con el beso y el grito de mi triunfo.
—¡Sí sé por qué! ¡ Sí sé, Rocío—la he dicho—qué es la humana piedad y por qué en la Humanidad será su redención! ¡No el amor! ¡No la inteligencia...! Pero ¡sí el sentimiento que sólo puede nacer de la inteligencia y del amor cuando se funden!