¡Ah, sí, qué aguda atención infantil la de Rocío!... Seguí las emociones de su cara, intensas, hondas, que la crispaban á veces de vibraciones de terror..., y no sé si porque me daba enojo el no acertar nunca de tal modo á entretenerla, ó porque me diese pena, pena, ver su alma estremecida con tales infamias, sufrí escuchando al charlatán.
Claro es que he confirmado que á Rocío no la interesa el crimen sino por la absorción que pudiese igual ocasionarla un relato de ladrones ó de brujas... Sin embargo, en el caso de su madre, aficionaríala á otras lecturas.
¡Bah!... Incluso sin estar en el caso de la madre, me faltó nada para rogarle á Lambea que no volviese á hablar del crimen ante ella... Y hubiera sido insigne indiscreción... esa indiscreción que mi afán de ser discreto teme á cada instante: en primer lugar, por mi horror á que nadie crea, ni yo mismo, que pueda estar enamorado de esa niña; y luego, porque habría de resultar extrañamente necio que le marcase vallas de delicadeza al delicadísimo marino á quien le debo el bien de su amistad.
V
Lo saliente en el alma de Rocío es una sensibilidad que lo mismo se conturba por el hecho baladí de la presentación de un extraño, por la simple lectura de un periódico ó por la fe con que se arrodilla y llora ante la Virgen; y la curiosidad hacia esa alma es la obsesión en que se ha concentrado mi vida enteramente.
Sigo vagando por el buque como si ya no existiesen ni para la más leve atención de mis sentidos los otros pasajeros, como si no hubiese cerca de mi alma más que otra alma cuyas profundidades me cautivan. ¡Rocío! Únicamente ella me inquieta con una paradójica inquietud de calmas bienhechoras, y parezco un hombre que, perdida la facultad de observar alrededor, continuase la travesía en el enorme trasatlántico cual si á bordo quedasen sólo él y una chiquilla.
¡Una chiquilla!... Compañera misántropa y gentil, ciega también de divina ceguedad, para no ver sino dentro de la gloria de su alma. Pero su visión, desde su atención muda enfocada en mis angustias, es, sin duda, más intensa; y mi visión sobre su vida blanca de gardenia es de una amplitud que la envuelve como un aura y recoge todos sus efluvios. Apenas si he osado á dejarla adivinar mis penas en insinuaciones de suspiro, y mis penas la inspiran la simpatía y el afecto que la debo. Pensar que ese afecto esté constituído por otros sentimientos, fuese insensatez. Dícemelo su infantil indiferencia. Si la hablo, escúchame y sonríe; si callamos en la extraña «tertulia sin tertulia», no le causo preocupación á sus miradas. Soy yo quien así puede mirarla, quien mira constantemente cómo ella mira al cielo ó mírase los pies, y quien bebe á grandes sorbos la delectación de su bellísima inocencia.
¿Por qué acierto providencial, nuncio de lo que en lejano día habrán de ser todas las mujeres, hay en Rocío una tan armónica exageración acentuada de la mujer y de la niña?...
Su expresión de ángel está rodeada por la opulenta cabellera rubia como por un humano marco de pasión, y bajo sus blusas, sueltas como túnicas, toda la castidad que derrama su semblante no impide vislumbrar la elástica y larga elegancia de un cuerpo macizo y fino, poderoso.
A veces se levanta, se pasea, aléjase á la borda. No pide disculpa ni permiso. Es la libertad de las chiquillas. Y en la chiquilla, de espaldas, desde los hombros á los pies, la esbeltez de la mujer denúnciase en una flexible sucesión de ondulaciones. Marcha apoderándose del suelo lenta y firmemente, con la pesantez de su arrogancia, y á pesar de ello no avanza recta; tal, que si á la dura y ágil goma de su estatua le sobrasen energías.