Obstinado en inquirir la causa de su andar rítmico, creo haberla hallado: es que á cada paso, al ir á pisar con el pie que está en el aire, por un muelle y nuevo impulso del que está apoyado, lo adelanta aún un poco más..., lo cual le imprime á la gracia de la figura toda un balanceo de minué. Efectivamente, hace el efecto de que baila, de que sigue la cadencia de una música que oyese sólo ella..., de que sea tan flexible que pudiera saltar como una tigre, doblarse como una titiritera, enroscarse y enlazarse igual que una serpiente.

Cierro los ojos..., acabo por cerrar los ojos cuando de tal manera la contemplo. Mis ansias egoístas van entonces más allá de lo que conviene á mi miserable situación y á su inocencia. Ha querido la suerte ponerla tarde en mi camino. De un ángel así..., ¡oh!, ¿no hubiese hecho mi amargura la perfecta mujer de los amores juntos del alma y de la carne, del cielo y de la tierra?

Es de noche. Está ella en la borda mirando no sé qué de la obscuridad del mar á ras del casco del buque..., y estoy yo en uno de esos momentos cuya dulzura me envenena. A fin de protegerme en su misma ingenuidad, me levanto y me acerco al lado suyo.

—¿Qué mira usted?

Nos hallamos en el solitario verandah de la cubierta. La ha sorprendido mi silenciosa aparición, y me responde:

—Los fuegos de las olas.

Inclinada nuevamente á contemplarlos, me doblo también al antepecho. Lumbres de plata, que surgen del fondo tenebroso y que rebrillan y dispérsanse en estrellas. Madejas fosforescentes, juegos de hechicería y fantasmagoría que le van tendiendo al barco paveses siderales. Vuelvo á pensar en la sensibilidad y el talento de Rocío, que se manifiesta en todo á cada instante. El espectáculo es de una grandiosa simplicidad digna de su espíritu. Además, al contestarme pudo decir, con expresión directa y vulgar: «Las luces de las olas», y ha dicho, con gráfica energía: «Los fuegos de las olas»...

No me atrevo á romper con comentarios su embeleso. Pasan los minutos. Suena cerca la algazara del pasaje. El contraste de las gentes que no saben divertirse si no es en la frívola elegancia del conjunto de estultez que forman ellas propias, me acentúa la delicadeza de esta niña, de esta melancólica hechicera, de esta espléndida criatura que podría ser la reina del salón. A los mundanos agasajos prefiere los pequeños encantos infinitamente bellos del mar, de que las otras no disfrutan, y sabe sentirlos hondamente.

«Los fuegos de las olas.»

¡Sí, sí; ésta, en la chiquilla, no es la expresión de una chiquilla!