E igual que ahora, cien veces en sus verdes ojos, fijos, he creído percibir el crítico proceso de una mujer de inteligencia extraordinaria.

Cesa de mirar al mar. Apoyada en la borda contra el codo, contempla la celeste diafanidad de maravilla. Hay un lucero cuyo fulgor riela en el agua fuertemente. Calla, calla siempre Rocío, y yo sigo prisionero en la magia blanca de su ser y en la tenue emanación de su perfume. Es gardenia, y tiene aroma de gardenia; huele á la exquisita esencia del pañuelo suyo que traidoramente guardo; es gardenia, y, como las gardenias, tiene el supremo encanto de irradiar la gracia y el bien de su beldad ignorándolo ella misma.

Y, por último, ella es la que dice, señalando á la altura con la maño:

—¿Conoce aquel lucero?

—No—vacilo, avergonzado de no poder satisfacer con mi ignorancia lo que creo una fugaz curiosidad de sus infantiles ignorancias—; Venus..., Mercurio, acaso.

Pero rectifícame sencilla:

—Es Júpiter.

Recorre con los ojos y la mamo la bóveda infinita, y me va nombrando otros luceros, otras constelaciones de las que en las proximidades de la región ecuatorial fulguran como ascuas.

—Marte está allí, aquél de brillo rojo; y aquél Mercurio; no se ven por este lado más planetas. Venus sale á media noche. Mire, vea: Cástor y Polux; á la izquierda, Alderabán; allá Rigel, en el cinturón de Orion; en la Lira, Vega; y luego, por todo éso, Enif, Antarés, Sirio, que es azul y que titila; Altair..., Sirrach..., las Pléyades...

El asombro de esta familiaridad con los astros impídeme continuar mirando el firmamento, para fijarme en Rocío; al advertirlo, se recoge ruborosa, dejando de indicar. Sonríe con una ideal sonrisa que Júpiter alumbra.