Maravillado de la niña que sin conocer el mundo en que vive conoce los mundos con que sueña, se lo manifiesto así, y suspira deliciosa:

—¡Las estrellas son amigas mías!

¡Ah, sí! Por eso, porque Rocío, hasta por su nombre, es algo del cielo, es algo de ángel o de estrella, es algo del espacio, una mañana, que en nuestro despertar de almas tardó en salir, tuve la impresión de que al alba le faltase algo tan del alba como Venus ó un celaje..., tuve la impresión de que se hubiera perturbado el Universo.

—¿Dónde aprendió usted—la pregunto—los nombres de sus amigas las estrellas?

—¡Oh!... En Nueva Orleans; en el colegio.

—Pero en los colegios, en los libros, esas cosas se aprenden... y se olvidan.

Cruza á la colegiala una evocación de melancolías, y añade con dolorosa timidez:

—En mi colegio de Nueva Orleans había una alta terraza adonde me gustaba subir sola por las noches; á fuerza de mirar las estrellas quise conocer sus nombres en una carta de la clase. ¡No sé, muerto mi padre, creía que pudiéndolas nombrar estaba yo más cerca, estaba él menos lejos!

Esta vez, con el talento de la joven, me sorprende su ternura. Siento una enorme gana de decírselo, y ante el nuevo silencio de ella me violento por no hablar.

Mas no logro dominarme.