—Rocío, no puede imaginar en cuántas ocasiones he estado tentado de decirla, de la diafanidad profunda de sus ojos, algo que no es precisamente de sus ojos, que no la he dicho por miedo, y que ahora, sin embargo, digo á usted: que tiene usted mucho talento.

—¡Ah!

—Mucho talento y una gran sensibilidad.

—¡Oh, gracias! Y... ¿por qué no quiso usted decirlo?

—Por miedo..., por miedo de parecerla un fatuo.

—No comprendo.

—Pues, sí. El reconocerle expresamente á otra persona cualidades estimables, y, sobre todo, cuando á la inteligencia se refieren, implica para el que lo hace una especie de afirmación de superioridad, una como tácita reclamación de reciprocidad y gratitud.

Ríese leve, con una de sus carcajadas arpégicas. Yo persisto en aclararla mis ideas.

—Fíjese; si tras de elogiarle á alguien su alta inteligencia, él, sincero, nos replicase ó siquiera nos dejase sospechar que no le merecemos igual concepto, ¿no rectificaríamos inmediatamente tachándole de tonto?... Luego elogiar á una mujer por sus méritos mentales es más peligroso que florearla por sus ojos..., porque no es, en rigor, decirla: «¡Qué inteligente es usted!»..., sino: «¡Vea, vea lo inteligente y perspicaz que soy, que acaso yo sólo puedo comprenderlo!» Perdóneme, pues, si á esta flor que á mi pesar acabo de ofrecerla, no acierto á quitarle matices de vanidad que me sonrojan.

Vuelve á reír la colegiala, la niña que tiene dentro una mujer, y exclama, al retirar su intensa mirada del fondo de mis ojos: