—¡Es usted sutil!
—¿Lo cree?
—Indudablemente.
—Bien...; no sé si dar á usted las gracias, porque ignoro hasta qué punto no sea ello un defecto.
—¿La sutileza?—inquiero yo, que soy quien ahora, no comprende.
—La sutileza. Para quien la posee y para quien habla con el sutil. Por ejemplo, sus razones, innegables, arrojan sobre mí, porque le escucho, porque le contesto, porque le reconozco una cualidad, el recelo de «reciprocidades».
—En el sentido de que también sería usted sutil, al entender de sutilezas.
—¡Claro!... Y note usted, Adamar, que de tal modo fuese imposible conversar de nada, de absolutamente nada, sin estarle advirtiendo á cada frase designios de inversión.
—Por eso, quizá, Rocío, habla usted poco.