¡Maldita neurastenia!... Les conté todo: que estoy á régimen; que no duermo; que lloro á veces como un niño...; que una extraña piedad me acongoja ante el espectáculo de un mendigo ó de una mujer desamparada...

¡Maldita neurastenia!... Menos mal que no les referí cómo una tarde estuve si me tiro del Viaducto. No puedo tolerar el espectáculo de la barbarie humana. Me ahogan de piedad, de piedad, de piedad... las crueldades de la vida; y la neurastenia no es, tal vez, más que... eso: un estado de exaltación que nos deja percibir en su exacta verdad horrible el fondo de las cosas.

Un estado de clarividencia, de perfección, en que se siente el dolor que nos circunda cual si se tuviese el alma en carne viva. No hay tormento comparable; mas tampoco nada que nos hunda tan sombría y grandiosamente en la mística significación del Universo. Si los dioses sufren, deben de sufrir de neurastenia. Por ella he aprendido á amar las nubes, el sol, los campos, la nobleza, la pureza, los juegos de las flores y las niñas, lo sencillo.

Vienen los amigos á buscarme. Con recóndito pudor les habré de volver á escuchar sus groserías de conquistas y mujeres..., esas mismas groserías de mi pasado que ahora me avergüenzan como en un implacable espejo al oírselas á ellos: ¡Placer, sí, Placer! Seguirán hablando de Placer, la artista que conocimos en el tren y que va también á Buenos Aires. Piensan ya cuál habrá de acapararla... El cónsul, rubio Apolo, la habló en el pasillo del sleeping. Parece que ella le manifestó que me conoce de vista, que soy el marqués de Torre-Alba (me confunde con mi hermano); y este conocimiento, aunque les aclaré la confusión, basta á poner en guardia á mis amigos sobre «la ventaja que me pueda deparar la idea del marquesado con la procacísima cocota»...

Han subido la escalera en escándalo de risas. Abren. Sin tiempo para echarme de la cama, quedo incorporado.

—¡Hala! ¡Pero, hombre, Adamar, que estamos esperando! ¿Qué hace usted?

Creerán que me he recluído en el cuarto tratando de ver en el próximo á la cocota, ó á la actriz, ó á lo que sea esa bella de cien kilos... y me ocasionaría sonrojo confidenciarles que subí, á pretexto del sombrero y el bastón, con la única avidez de meditar mis sobresaltos.

Partimos en dos coches. El andaluz anochecer primaveral huele á claveles. El viento zumba así que dejamos las murallas.

Es la cena de mariscos. No me ha valido la disculpa de mi régimen. Mejor. Comeré y beberé hasta reventar, á ver si acaba mi excelso martirio cuanto antes. Por vergüenza hacia el doctor y mi pobre hermana Elena, que me animaron al viaje, no me vuelvo en el primer tren al tétrico encanto de mi casa.

Comeré mucho, tendré una tremenda indigestión, y mañana, en vez de embarcarme, los propios compañeros me reexpedirán para Madrid. Ahora que son inminentes, el barco y el mar me horrorizan.