No lejos del cenador donde nos sirven abrasando la sopa de almejas, entre flores, botellas y cañas, rugen furiosamente las olas. Sopla el levante y danzan los faroles de papel colgados sobre la mesa. Comemos, comemos; yo me harto. Ponen tortilla de percebes. Y el caso es que la devoro con gusto. Que me sepa bien, al menos, si todo esto ha de ser el veneno que me mate.

Háblase de toros. En seguida de mujeres. Hay, sin embargo, un asunto de gran actualidad, y en él recae la charla: el célebre crimen de Roma, que está intrigando al mundo. Apenas lo he seguido á saltos en la Prensa, por fatiga de atención á cuanto conmigo ó mi enfermedad no se relacione, y me puntualizan el suceso: Una mañana el conde de Montsalvato apareció muerto en su palacio campestre; no obstante haber manifestado su mujer (una joven mejicana, bellísima) que despertada por lamentos sordos acudió desde la inmediata alcoba y le encontró agonizando de un ataque al corazón, huellas de violencia en la garganta del cadáver hicieron imprescindible la autopsia, que descubrió la fractura del hiodes y rastros de un veneno. Se pensó que el asesino fuese algún criado que intoxicaría al conde al servirle de cenar; que, impaciente, habría querido acabar de rematarle en el silencio de sueño de la casa, y que no hubiese podido efectuar el robo al sentir á la condesa. Muchos días, con su falsa aflicción de viuda, continuó ésta en el palacio; pero los periódicos empezaban á insinuar los amores de ella con un profesor de equitación, un emigrado austriaco de historia equívoca, y de pronto, en compañía de una doncella, fugáronse los dos.

Según telegramas que los periodistas recibieron hoy, el austriaco ha sido preso en Trieste.

Recuerdo haber visto en los periódicos las fotografías de la condesa, primero como ilustre viuda, después como criminal..., bella, muy bella en uno y otro aspecto—si bien habiendo creído advertirla en el segundo un no sé qué de feroz y repulsivo.

Pero me importan poco, en suma, el crimen, la condesa y estas necias oscilaciones de nuestra percepción que nos hacen ver diferente el gesto de una cara según nos digan que se trata de una santa ó de una miserable...; y escucho á los demás, y como, como langosta, y langostinos, y ostras, y bocas de la isla y pastelillos de cangrejo...

Mañana la indigestión... No seré yo quien salga de tierra para meterme en ese mar donde estoy viendo bailar las luces de los buques..., donde el viento, más fuerte cada vez, hace de las suyas.

Un farol de nuestra mesa ha ido á parar, con vela y todo, á siete metros. Otros han ardido...

Entre levantarme apresuradamente, á las ocho (tras un sueño de cinco horas, porque nos acostamos á las tres), arreglar mi equipaje de mano, salir á aprovisionarme de acidol, bromuro y comprimidos de Vichy, y venir luego al puerto con el apremio del vapor que va á zarpar, no me ha quedado un segundo para pensar en mis congojas. Sólo sé que por invitación del cónsul, y casi encima de él, nos ha acompañado Placer en la berlina, y que, contra lo temido por mí, me ha sentado bien la brutal cena de anoche.

El levante nos azota y flamea violentamente las gasas del sombrero y las faldas de Placer—que el cónsul ayúdala á arreglar con manejos atrevidos. Contiénelos la presencia de la mucha gente y de las damas que esperan el embarque. Baja la marea, el mar, que estrella sus olas contra el muro, es una zarabanda infernal de espumas y de barcos. Imposible pensar en las lanchas, sin peligro. A tres millas divisamos el Victoria Eugenia en una confusión de trasatlánticos. Van y vienen los remolcadores. Atracan mal á la escalera, y el traslado de cosas y personas se efectúa difícilmente.

Vemos llegar á un esquelético negro vestido de chaqué, con una caja de violín, que deposita cuidadoso al socaire de la caseta factoría; quítase los puños, no muy limpios, y con gemelos inclusive los lanza al vendaval... ¡Diablo de hombre! Hemos visto sus puños huír y perderse rectos en la furia de las olas como dos aves libertadas.