Uno de los periodistas nos informa de que el negro es un músico excelente, mimado en tiempos por el kaiser, en Berlín, y hoy enfermo y miserable. La noticia le cae á mi neurastenia malamente. Símbolo de la humana veleidad. Yo también fuí algo de la vida, y ya no soy nada de la vida..., ya no soy más que un harapo.

Parte un remolcador, á tumbos y á gritos de mujeres. Llega otro. Se le asalta. Contenido con bicheros en prudente separación de la muralla, para ganarle hay que aprovechar el fugaz momento en que la proa enrasa el escalón. Salto y caigo encima de unas jarcias. El cónsul ayuda á la cupletista como puede. Dos señoritas son izadas en brazos de dos nervudos marineros. Chillan, ríen. Vuelan al aire sus piernas; mas no es cosa de preocuparse de pudores en este infernal baile entre cómico y terrible.

Atestada la pequeña embarcación, nos afianzamos á los hierros en la ruda travesía. Va pálida la gente.

Cuando arribamos al buque, nos da el consuelo de un edén en una roca. No se mueve. Todo blanco y en orden, salvo el rimero de menudos equipajes que va recibiendo el portalón. Viene de Génova, de Barcelona, y lleno de pasaje; elegante, en general; lo aprecio al cruzar con el mayordomo hacia mi camarote por la cámara de lujo.

El camarote me place: lecho dorado, baño, mesa, diván, ventilador; mío exclusivamente, lo cierro en cuanto me entran las maletas. He aquí una bella celda en que me podré aislar conmigo mismo. Túmbome en el lecho. Fumo, pienso y deploro no haberme traído á mi criado Castro, que me ayudaría á disponer las ropas en las perchas.

Embarcó el negro con nosotros. Es un tísico que se morirá en el Océano, y yo un grave enfermo que tampoco volverá de Buenos Aires—si llego. ¿Me arrojaré antes al mar?... ¡Quién lo sabe! La muerte se ofrece seductora para quien contempla en su verdad triste la existencia. Ignoraba que encerrase un tal encanto la esperanza de morir.

Trepida el buque. Empieza á removerse y ruge la sirena. Salgo. Acércome á la borda. Todo siniestro para mí, y más esta partida. Al abandonar la patria, la emoción pone lágrimas en los corazones y en los ojos de muchos, por la madre ó la amada ó el amigo que se deja. En mi seco vivir, nada puede conmoverme. Y sin embargo, para mayor escarnio, tengo también mi mujer, frívola, separada de mí hace cinco años, al segundo de la boda. Poco la importará que me muera ó que me ahogue, si ha sabido siquiera que me embarco.

Cierro los ojos, porque sufro el repentino pesar del injusto rigor á que propendo. A lo menos, con Elena..., con mi buena y santa hermana, á quien olvido y cuyo adiós adivina al fin mi corazón. Los egoísmos de su nueva familia y de su nueva casa no la impidieron cuidarme como una madre en el abandono de la mía...

Extraño á la impresión de la partida, torno al camarote. ¡Qué pena! ¡Nada me interesa de cuanto me rodea, tan pintoresco! Vuelvo á tirarme en el lecho, y evoco á mi mujer. Lloro. Culpa suya nuestra desdicha. En mi azarosa locura madrileña dormían el romanticismo de mi niñez provinciana y mi seriedad de hombre de estudios. Al buscar á Laura para la fundación de un hogar y de una vida de trabajo, mis romanticismos fueron mi único refugio contra las barbaries elegantes de caballos y queridas. No supo estimarlo, harto mundana. La quise mucho y no lo merecía. La decepción me hizo entregarme á los fáciles placeres con mayor brutalidad.

Laura duerme en mí como una rubia ilusión enterrada para siempre. No he tenido para qué hablarles de ella á estos conocidos del tren. Me creen soltero y neurasténico por excesos juveniles.