¡Y cuánto me avergüenza esta última verdad!

En fin, ya ¿qué remedio?... Un torpe desdichado que no debió salir del panteón bello de su hotel para no perder las visitas de consuelo de una hermana y su régimen de huevos y de leche. A bordo, uno y otro bien me faltarán. Ni podré comer, siquiera. De cuando estuve en Nueva York á perfeccionar prácticamente mis agrícolas conocimientos de ingeniero, sé demás á qué atenerme con respecto á los huevos en conserva y á las latas de leche de estos buques...

La contrariedad me sofoca; pero causándome una sorpresa al sentirla al fin irremediable: me aterra menos que otras veces. Ignoro si es porque me importa poco no comer ó porque me importa menos comer lo que me pongan. Una especie de estupefacción casi grata. Si al acostarme una noche en Madrid me hubiesen dicho los criados que no tenía mi vaso de leche con azúcar..., ¡oh!, creyéndome el más infeliz de los nacidos, habría sufrido la obsesión de una musiquilla cualquiera—del vals del Conde de Luxemburgo, por ejemplo, más de una semana.

Nadie que no la haya padecido sabe lo que en esta estúpida obsesión de tararear mentalmente horas y horas lo mismo, lo mismo, lo mismo..., sin lograr dormir, sin lograr pensar en otra cosa..., martirio de moscardón del que no puede uno librarse... ¡Habría de qué reír si no hubiese tanto de qué llorar en la dichosa neurastenia!

Y ciérranse mis ojos; tengo casi sueño.


—¿Señorito? ¡Hora de almorzar!

¡Ah! El reloj me lo comprueba. Profundamente he dormido, entonces, tres horas (y cinco de anoche, ocho)—lo cual me va resultando extraordinario. Además, no pienso nada de mis cosas. La neurastenia me irá á dar por dormir y por algún ataque de idiotez.

Hágome un sumario tocado de peines y jabón, y tengo que abrir una maleta para vestirme de smoking.

En el comedor, mucha gente—sin duda de la que venía desde Barcelona y Génova acostumbrada al balanceo. Los de Cádiz han debido de marearse.