—Tanta es la virtud de las presentaciones tan raramente realizadas por las almas; tanto nos conocemos, tanto, á pesar del larguísimo pasado que tuvo á las nuestras esperándose, que en vano Buenos Aires las quisiese separar aunque hubieran de apartarse nuestras vidas. Pero ¡ah, Rocío!, ¿no fuese horrendo que con las almas unidas tuviésemos que vivir lejos los dos? ¿No va, acaso, en la misma dirección nuestro camino?
Cedo á la violencia del dolor tomándola una mano para quitársela de la faz, donde espero franca la respuesta, y se crispa, al responder sin esquivarme la franqueza ni la mano:
—Sí, al menos, por lo pronto; usted va también á Buenos Aires. ¿Por qué, pues, Alvaro, lo teme?
—¡Porque le oí anoche al P. Ranelahg brindarle á la futura monja su convento! ¡Porque he temido venir ahora, á despedirme hasta nunca del alma de mi alma!
Beso con lágrimas su mano, largo rato, en el afán de retener á la que querría robarme el sacerdote; ella llora, tornado, sobre la borda, el rostro hacia la otra mano que oprime su pañuelo. Beso luego con besos de dulzuras infinitas sus sienes y su frente..., y ella, al fin, se yergue y se desprende de mi brazo:
—Hasta mañana, Alvaro. Iremos al mismo hotel. Búsquenos para desembarcar.
La he soltado dulcemente ó se ha soltado dulcemente, como se suelta lo que ya es de uno y no puede jamás abandonarle. Me quedo viéndola cruzar, divina y vacilante, al camarote.
Desde él, antes de cerrarlo, me envía otro adiós que adivino en las palabras que borra el huracán.
—¡Hasta mañana!
El viento ruge; el agua hínchase en furia de montañas; el barco gime y bota en su bravo galopar á Buenos Aires: me había olvidado de todo esto, que ya esta noche no hará sino mecer con sus grandezas los ensueños de mi triunfo.