A mi ademán de esquivársela tras de habérsela enseñado, responde esta vez más honda su sorpresa:
—¡Oh, mi medalla! ¡Usted la tiene!... ¿Por qué?
—La tengo..., la tengo...—balbuceo mientras ávido lo vuelvo todo al bolsillo—¡porque sí! Me la dió usted para una ciega que no ve sino con los ojos de la fe, sin reparar en que yo no veo sino con mis ojos de codicia. La tengo, Rocío..., porque es de oro y de brillantes... y porque hizo usted mal en comisionarle tal encargo á un hombre á quien no conocía..., á un hombre que bien pudiera resultar un estafador indigno de sus generosas confianzas. La dí á la ciega cien duros y me quedé con la medalla. Sólo me resta pedir á usted perdón... cínicamente, puesto que no pienso devolvérsela.
Se ríe; rápida y sutil, sabe contestarme en igual tono:
—Bien. Entonces... estoy cobrada con exceso; porque no sólo hizo una limosna de cien duros por lo que no me costó ni treinta, sino que además le ha venido usted entregando joyas y tesoros de su alma á una niña á quien tampoco conocía..., á una mujer que... igual pudiese ser una ladrona.
—Verdad es—bromeo, defendiendo de la divina ladrona mi más positivo tesoro con la mano contra el pecho.
—¿Conoce usted, Alvaro—bromea también—nada tan candorosamente ridículo como las fórmulas sociales?... ¡Bah! Dos que no se conocen, otro recién presentado desconocido que los presenta (Lambea, en nuestro caso) y sobra: ¡la amistad!
—¡Entre nosotros, Rocío, la fraternidad, la inmensidad!—comento yo volviendo brusco á lo severo ante la fascinación del talento de la niña—; pero nuestra presentación no la hizo Lambea: la han hecho nuestras almas de profundo modo, y nos conocemos uno al otro mejor aún, tal vez, que á sí propio cada cual. Sea cualquiera, por ejemplo, mi historia, que ya conoce usted, usted me juzga, sin duda, menos miserable que lo que yo mismo me creo.
Nada dice, la que dice siempre más con sus silencios.
Y hay en su purísima belleza una tal exaltación de mártires llantos prontos á correr..., que para no estrecharla en los brazos gritándola que es mía y que nadie de mi ser la arrancará, domo el ímpetu en vagas amarguras, y prosigo: