La oigo suspirar.

—¿No lo cree usted, Rocío?

—¡Oh! Eso será según la intensidad de los recuerdos y el propósito que cada uno ponga en olvidarlos.

Vibra en lo que me dice casi un reproche, no obstante estar viendo mi ansiedad, y, para reasegurarla de mi parte mejor que con palabras, saco su pañuelo.

—Mire. Prenda del propósito de no olvidar con qué nacieron sus recuerdos. Se lo he robado á usted.

Con ligera sorpresa, lo toma de una punta. Yo lo retiro con el jovial temor de que quiera arrebatármelo, y saco y le muestro en la mano la horquilla.

—Mire. ¡La he robado á usted! ¡La he robado á usted!

Sonríe. Sus recónditas alegrías del corazón me devuelven la alegría.

Saco al fin la medalla.

—Mire, mire, Rocío.