—Es decir—corrígese Rocío en lo que antes expresó—¡creo que desde ayer no navegamos por el mar!
—Navegamos por El Plata, por un río...
—Menos limpio, pero ancho como un mar.
—Ni tan ancho que en la otra orilla y en pocas horas más no nos haga encontrar á Buenos Aires.
—¡Oh, sí!
A pesar del intento en contrario, he dado pronto en mi obsesión de lo «que acaba», en mi manía dolorosa de lo «último», que la invade y que la apena.
E insisto:
—El término del limbo de delicia. En él empezarán acaso los olvidos.
—De todo. De los recuerdos que cada uno haya de perder al perderse por el mundo.