La encuentro en la cubierta. Infantil y valerosa, delante de su camarote, abierto, entretiene la impaciencia jugando á pasear como pudiera un equilibrista pasear por un ancho balancín. El buque, en efecto, cabecea y se hunde de costado hasta hacer rodar las sillas á las bandas.
—¡Qué noche!—me dice.
—¡Qué noche!—contesto.
Y puesto que sólo con habernos parado los dos nos lanza de costado un balanceo, rehacémonos y buscamos el apoyo de la borda.
¡La «última» vez que habremos de conversar en esta borda, desde la cual han contemplado tantas maravillas nuestros ojos!
Se lo manifiesto así... y sonríe..., y sonrío, sonrío yo... por no ceder á la emoción de llanto que volviérame quizá algo ridículo. Pero sonríen tan tristes las afabilidades de los dos, que nuestras sonrisas no son más que llanto de las almas. Sin embargo, ó por lo mismo, queremos aferrarnos á la frivolidad de lo que está fuera de nosotros.
—Ya no tiene el mar fosforescencias.
—No, Rocío; no tiene más que sombra y confusión.
Según se inclina el buque, nos moja la fina lluvia que el viento arrastra ó nos salpican espumas los montes de agua que estrella el casco á nuestros pies. Va en una monstruosa galopada que nos levanta hasta el cielo y nos sepulta hasta el abismo. Unos ratos parece que se para, que gime vencido por el horror del viento y que va á hundirse de popa; otros, que se precipita de quilla en la cuesta abajo de las simas que abre el vendaval.
Negrura, alrededor: ni hay cielo ni horizontes. Perdidos en la locura infernal de las tinieblas, sólo las ráfagas luminosas de las redondas ventanas del casco enfilan cerca alguna vez las turbias aguas..., turbias cual si hubiese removido la tempestad los limos de su fondo.