Parto. Mi zozobra va pensando que volveré á decirla «¡hasta mañana!», ó «¡hasta nunca!...» ¡Quién lo sabe! Damas solas que necesitan una noble protección..., ¿aceptó tal vez Leopolda el ofrecimiento del P. Ranelahg? ¿Qué hospedería, qué colegio ó qué convento sería ése, cerrado seguramente para mí?

Mañana, cuando el Victoria Eugenia amanezca anclado en Buenos Aires y con la confusión de todo el mundo por dejarlo, el «adiós», el último «adiós» de Rocío, no podrá tener al menos la efusiva fraternidad de nuestras almas.

Desierto el comedor. O lo que es lo mismo (comparado con la pasada animación, que ya no tornará), algunos solitarios por las mesas. En la mía falta el matrimonio austriaco, y sólo acompáñame Lambea, que celebra mi resistencia contra el mar. En la de Rocío, nadie. En la de Placer, desde su artística absolución, restituída al comedor con Eyllin y los jovencitos bonaerenses, ella únicamente.

Se aburre Placer ó ha olvidado mis desaires; me sonríe. Su afable bestialidad, en la ausencia de lo que constituye caricia ideal para mis ojos, parece burlescamente querer decirme que no me guardará el mundo más que el escarnio de su amor ó el de otras como ella.

Lambea charla de noticias que adquirió en Montevideo.

Todavía la Montsalvato; el crimen que maldito si nunca ha logrado interesarme y que menos le importa ahora, á mi gran preocupación. Mientras dice y comenta el marino no sé qué de si van á ahorcar á Wanska ó de si se está muriendo del tifus y de si se ha confirmado ó no la prisión de la condesa en Nueva York..., yo no logro arrancarme á la obsesión exagerada que me causa este concepto de «lo último» en cuanto hago y cuanto miro: la «última» cena en el vapor; «la última» noche al lado de Rocío; el «último» adiós que de aquí á un poco hayamos de cruzarnos.

Abrevio la amarga cena de desastre, que me evoca la cena de un entierro, y sin saber cuál haya sido entre Rocío y yo el muerto cuyo lúgubre vacío me turba el corazón, voy á mi camarote á besar llorando sus reliquias.

El pañuelo. La medalla. La horquilla de concha que quedó en su sillón una noche.

Es la «última» vez que soñaré en esta pequeña estancia, donde he soñado tantas. Es la «última» vez que miraré estas cosas en esta mesa donde tanto las miré. Y como la «última» vez, como la «última» vez, miro con tristeza igual el diván de mis descansos infinitos, las butacas, la bañera, las cortinas, las perchas y el armario donde ya no están mis ropas; las almohadas del dorado lecho, donde ya no están mis ilusiones...

Pasa el suficiente tiempo para que también Rocío haya acabado de cenar, y, guardando junto al pecho nuevamente las reliquias, salgo á buscarla.