Está pálida y nerviosa. Su incertidumbre ante el dilema del sacrificio en el espíritu á que la incita el sacerdote y de la amplia vida que yo la he ponderado sin que nadie se la ofrezca, la tienen en algo así como la crispada expectación de la urgencia con que el fin de este viaje habría de resolverlo.
¡Pobre niña!
¡En el momento decisivo, y á pesar de mis ideas de salvación, cuán lejanas se me vuelven á aparecer su purísima existencia y mi existencia miserable!
Suenan los timbres. Llaman á la última comida.
El pampero viene arreciando hasta hacer verosímil la posibilidad de que seamos nosotros los que les sirvamos de festín á los peces y á las aves. Todo se mueve y todo cruje y amenaza, estallar en el buque, que el horrible viento combate por la proa.
Pocos van al comedor: apenas si algunos valerosos cruzan con los pies abiertos y sin soltar los pasamanos.
Me acerco al camarote de Rocío. Como ayer y anteayer, mi brazo le servirá de sostén á Leopolda.
Rocío aparece.
—No; no iremos, gracias. Aquí nos servirán.
Anúnciame que no saldrán luego tampoco al salón porque no puede su madre levantarse, y quedo en volver un instante á decirla el «adiós» de esta última noche...; á decirla: «¡hasta mañana!»