El mar ya no es el mar, sino un piélago de sucias aguas.

Mi alma ya no es tampoco más que un piélago de dudas.

He vivido un infinito en tiempo breve. Desde la primavera que mi desolación dejó en España, y desde el estío que mi loca ilusión de juzgarlo eterno cruzó en el Ecuador, pocos días más han bastado para lanzarme á estos otros de tristezas invernales.

Tal que una sombra de mí mismo recorro las abandonadas cubiertas con un ansia de «adiós» á cada sitio en que bebí olvidos de la pena. Nadie. Mudos duelos de la gente mareada, de aquel alegre pasaje que ahora en los salones tristes le huye al yerto anochecer. Rocío, con su obscuro abrigo, parece en luto por los dos.

¿Dónde están las músicas y los gozosos bailes de los otros? ¿Dónde nuestras amigas las estrellas y el perla de nuestras purísimas auroras?

El encanto del mar se rompe según nos acercamos á la tierra. Una noche, ésta, la última, y mañana Buenos Aires. La dispersión se ha iniciado para concentrar á cada cual en su egoísmo. Amistades y simpatías que se deshacen; hondas afabilidades, nacientes amores, quizá, que se deshojan. Ya nadie le importa á nadie, y todos se aperciben á ser extraños que apenas se habrán de saludar en la gran ciudad al verse desde lejos.

¡Sí, sí, los egoísmos!... Cargamento de cosas inconexas que habrán de diseminarse en la vida. Los veo por el cristal de las ventanas. Unos yacen tumbados, con el displicente horror de su mareo, porque el buque no cesa de hundirse y levantarse en el barro furioso de las olas; y otros, en los camarotes, preparan para el desembarco sus maletas. Yo también he ordenado las mías, y Rocío arregla las suyas aún, junto á la madre infeliz, tendida sobre el lecho. Alcázar que se muda, y desabrimiento y trastorno de mudanza, en mitad del cual se va asfixiando mi efímera felicidad.

¿Habremos de ser ella y yo, asimismo, los extraños que no vuelven á verse ó que sólo hayan de saludarse desde lejos?

¡Oh!

Mi corazón protesta; mi corazón me grita que no podrá ser; que no podrá ser esto con la niña cuya angustia resignada siempre está pendiente de mi angustia; pero el plan de su destino, que desconozco, y la falta de un convenio del de ambos, que tampoco me he atrevido á proponerla por exceso de respetos, contra su afán y mi afán pudieran separamos para siempre. Aparte los empeños del P. Ranelahg, que porque ella sea un ángel quiere guardársela á Dios en la clausura, ignoro absolutamente la solicitación de vida que la espera, y los proyectos de su madre. Anoche hablaban del hospedaje que en un convento ofrecíalas el P. Ranelahg. Ello significaría el secuestro con respecto á mi última esperanza. No pude entender bien, sin embargo, más que el dolor que Rocío me lanzaba de soslayo, en despedida.