Harto á diferencia que en el buque, nadie se preocupa de nadie; aquí cada cual confínase en su gravedad cortés y en sus relaciones amistosas. Joyas, sedas, escotes esculturales, desfile de lujos en bizarras toaletas de las damas. Apenas Rocío y Leopolda dan una nota de casta sencillez con sus trajes hasta el cuello, y todas miran simpáticamente extasiadas la beldad niña de mi amiga. Creeríamos haber definitivamente dejado el mundo de las frívolas miserias si no fuese porque también, desde el momento de llegar, la charla de las encopetadas familias por las inmediatas mesas del comedor nos sigue acosando con ese crimen de la Montsalvato, que nada nos importa. Impórtale, por lo visto, al orbe entero. Los periódicos mantienen la estúpida obsesión hinchando cablegramas sobre que no era la condesa la aprehendida erróneamente en Nueva York (sin duda lo que Lambea me contó en el mar la última noche) y de que sea tifus ó no lo sea la grave enfermedad que en Roma tiene á Vanschka á punto de morir antes que hubiese de ser afrontado y ahorcado con su cómplice...

¡Oh, el interés mundial que inspiran los científicos empeños y los cuidados exquisitos con que un concurso de doctores obstínase en salvar al pobre diablo! Insiste, insiste y detállalo todo la Prensa en tono sentimental. De día á día relata los análisis de sangre que efectúan los Laboratorios y Academias para encaminar mejor la curación, los desvelos paternales y las frases de ánimo y cariño de los médicos ilustres al enfermo y las tiernas gratitudes de éste..., cual si se tratase de un héroe esperado por la gloria... Y como no puede ser más repugnante la macabra caridad de arrancarle un hombre á la muerte sin otro fin que entregársele al verdugo..., Rocío y yo, leyendo al menos con interés esta incidente monstruosidad social del célebre proceso, sentimos una tristeza que nos hace temblar y nos ahoga.

Siempre la misma desorientada interrogación de sus ojos á mis ojos. ¿Por qué tanta inconsciencia de maldad ha de ser inevitable?

No atinamos á saberlo.

Lo intentamos, y no logramos comprender por qué. A lo sumo venimos á parar á mi vaga adoración de la Naturaleza, que los ciegos hombres no quieren imitar. No habría ferocidades de lobos, suponiéndolos intelectuados, de ese refinamiento que con el manto piadoso congrega á toda una sociedad cristiana contra un sentenciado inerme.

Sufre mucho Rocío, y, arrebatándola los periódicos, la hablo de mis encinas, de corazón menos dura que el de las gentes, y de mis anchos valles de España, donde está eternamente aguardando almas dolorosas un templo humano del Amor... Y entonces, desde el mundo que es igualmente horrible en todas partes, nuestras ansias de ideal vuelan á perderse en los lejanos campos españoles de encinas, de flores, de cielo, de paz.

—Una noche, un lobo...—la cuento, por contarla historias de pastores...

Mas ¡ah!, mi cuento no suele ser sino una cobarde desviación del infinito miedo á acabar de decirla que sólo ella es en aquel templo la esperada..., del íntimo terror de no saber si haya de resultar posible la liberación legal que acaricié con el divorcio y que me hace retrasar todos los días para el siguiente la consulta á un letrado cuyo juicio negativo hubiera de dejarme en miserables desnudeces ante la angélica, tan bravamente entregada siquiera á mi amistad. Canónico y civil mi matrimonio, no admitirá quizá otra anulación que la civil; y... ¿avendríase á un enlace civil, y en tales adversas condiciones la tan hondamente religiosa?... Cuando por las mañanas la veo volver sola de misa, siento mayor angustia que si continuase ella bajo los sutiles catequismos del P. Ranelahg.—«¡Buenos días!»—la digo besándola, la frente, que nunca se me niega (hermana, hermana confiadísima á mi amistad desde los besos del vapor...), y mis besos de ahora me amargan como los de un farsante que pronto hubiese de quedar al descubierto.

Horrenda ya la duda, cierro los ojos á su espanto, me abandono á la espiritual delicia con la hermana, agravando al paso de las horas nuestra falsa situación, y en vano envidio á los pájaros—libres de leyes que no les fuerzan á ser innobles, como muchas veces á los hombres cuando más bajo la amplitud del cielo se querrían ennoblecer.

Pero es el hotel una artística jaula de hierros y cristales, de cinco pisos, con un hall central en el bajo, sobre el que van abriéndose las abarandadas galerías de los demás hasta la diáfana techumbre que se azulea de cielo, y en la tibia claridad de su interior, al menos, Rocío y yo volamos como dos pájaros á todos los rincones.