No sólo por hábitos de la yanqui educación de Rocío, sino también porque las vigilancias de la madre le fueran humillantes á la hija, capaz de guardarse en su propia dignidad, Leopolda, atareada con sus ocupaciones ó rendida con sus nervios, no se inquieta de nosotros.
Unas veces, pues, estamos en el hall hojeando revistas, y de pronto subimos al sol de la azotea, pasando por mi cuarto á recoger unos gemelos para mirar panorámicamente la ciudad; es la hermana, sola conmigo, que entra en mi aposento sin vacilaciones, sin malicias, sin necesidad de ninguna invitación.—¿Por qué no habría de hacerlo? ¿Por qué, teniendo ella más pureza y más espíritu, un equívoco pudor habría de contenerla en la puerta con menos dignidad que á la doncella que me lleva incluso al lecho el desayuno?—Otras veces descansamos en las galerías del segundo piso, al pie del comedor, esperando para la mesa á Leopolda, ó después de la cena tomamos el té en las mismas galerías oyendo al gran violonchelista que figura en el sexteto y viendo la exposición de lujos que forman al fin las damas al desfilar hacia la ópera; los ascensores no cesan de bajar y subir; las que cruzan no dejan de mirar á esta bellísima amiga mía que, aunque ya no luce las trenzas á la espalda, se peina de un modo juvenil, y que gusta más de la conversación conmigo que no de los teatros; y como á la media hora la deserción alrededor nuestro es completa y han ido apagando muchas luces, y Leopolda se ha retirado á algún quehacer de sus estancias, Rocío y yo quedamos en la semiobscuridad y el abandono, y muchos ratos, oyéndola decir cosas de ensueño ó escuchándola leer cualquier libro en el estrecho confidente, reclino la cabeza en su hombro confiado á mis dolores con ternura igual que el de aquella Elena hermana cuyas cartas leemos juntos según vienen de Madrid.
No sé de nada tan dulce ni tan noble como el hombro de Rocío, como la seda y el perfume y la tibia vida de esta niña, como la divina confianza de esta criatura-arcángel que nos convierte en dos inocentísimos chiquillos, á pesar ó por lo mismo que no desconoce ella mi pasado de barbarie y que no olvida la memoria de mi pecho y de mis brazos los encantos sentidos en la espléndida mujer el día que hubieron de recogerla desmayada.
Olvido esos encantos, ó los exalto sin olvido en la misma castidad, y juego con la mano que ella á veces me abandona; y como la mano de flor es acariciada á un tiempo por mis manos y mis ojos, en el marfil blando de los dedos descubro muchas noches sombras de tinta, que no desaparecen bien á pesar de todos los cuidados, y que creeríanse la impregnación de quien asiduamente coge la pluma con más absorta atención á escribir que á no mancharse. Una mañana, en efecto, al entrar en el salón que separa frente á frente las alcobas de ella y de su madre, la he sorprendido escribiendo..., escribiendo grandes pliegos que se apresuró á ocultar en la carpeta. Cierto estoy de que no cesa en tarea tal todas las mañanas. Ocupación que me la roba algunas horas. Comentarios á sus libros, tal vez...; aunque al interrogarla me ha dicho que son cartas y notas de asuntos que lleva ella por ahorrarle á la pobre madre la molestia... Sí, sí, bastante también podría explicar la indolencia de Leopolda su triste enfermedad, que casi la incapacita. Más que la cariñosa directora de Rocío, dijérase la dirigida por la niña afortunadamente tan sensata. Así comprendo que en la última noche del buque fuera Rocío quien decidió si aceptaban ó no las ofertas del P. Ranelahg.
Éste ha venido á reiterarlas su interés en dos ocasiones—un noble interés nacido, acaso, hacia la niña indefensa, sobre la misma comprensión de las bondadosas inutilidades de la madre; y desde la segunda, porque almorzó aquí, y yo, naturalmente, no tuve por qué desertar de la mesa, no ha vuelto.
¿Sospechó quizá, anticipándose á la realidad, que yo sea el novio de Rocío, y que en mi lealtad también haya encontrado el ángel la protección que haga innecesarias las demás?
¡Oh, cierro, cierro los ojos del alma y de la cara cuando pienso ésto sobre el hombro de la confiada hermana noble, y háceme temblar el alma y el corazón y todo el ser la idea de la responsabilidad que acaso he ido acumulando sobre mí con tanta, insensatez, con tal encadenamiento de insensibles ligerezas!
Porque es cierto que yo no soy el novio de Rocío ni á nada aun con ella me he comprometido de un modo expreso...; ¿pero dónde encontrar más abominable traición que la de mis torpezas con el ángel cuya fe para entregarme su alma toda entera no ha necesitado convenios ni promesas de palabras?
II
Confírmase mi antigua apreciación: lo singular de Rocío es la sensibilidad que hácela vibrar á todas las emociones. De horror se desmayó en el barco cuando el negro se arrojó al mar, de fe llora arrodillada ante la Virgen y conmovidísima la he visto por un suceso lejano que sólo en su corazón de santa podía repercutir de tal modo.