Un azar. Nada. O algo que flotase en el aire envolviéndonos, y que á la simple acción de presencias extrañas cuajó sobre nosotros. Acaeció... que al mes de llegar no había visitado á ninguna de las personas para quienes traía presentaciones. Las hubiera roto, feliz de encontrarme con Rocío anónimo y aislado en Buenos Aires, y receloso de que el trato con cualquier compatriota que conociese mi estado descubriéraselo á ella. Pero una de las cartas, de la mujer de mi hermano á unos parientes suyos, argentinos, me inquietaba, especialmente—porque también aparte y con cariñosísimo interés habíales anunciado mi visita. Imposible demorarla. No era de temer que supiesen si soy ó no casado, y fuí. Amables los señores de Rialta, acogiéronme en familia desde luego, obligándome á almorzar. Dos días después Rocío y yo, ella con una mano dulcemente abandonada entre las mías, frente á un ascensor, y en espera de la cena, charlábamos en un diván de la desierta galería de nuestro piso; así nos sorprendió el ascensor, dando paso á los señores de Rialta..., los padres, las tres elegantes hijas..., que venían á visitarme. ¡Ah! ¿Cómo por un simple título de amigos explicar la confianza en que me hallaban con Rocío? ¿Cómo corregir la ingrata impresión causada en quienes creeríanla alguna aventurera de hotel?... Me rehice; adelanté hacia ellos, les saludé y les presenté:
—La señorita Rocío Hoffmeyer..., mi novia, mi prometida ya, puesto que será mi mujer dentro de poco.
Halláronla en seguida tan gentil las señoritas de Rialta, que, celebrando su juventud y su belleza, la rodearon en lluvia de atenciones. No tardó en llegar Leopolda—avisada personalmente por Rocío, sin duda para prevenirla. Cenamos todos juntos, y admiré una vez más los bellos dominios de la hija sobre la pasividad de la pobre madre, cuyas extrañezas al oír que los dos nos tuteábamos nos hubieran puesto con los invitados en conflicto. Terminada la cena, los Rialta se obstinaron en llevarnos al teatro—y al salir, no pudimos eludir tampoco su invitación de almuerzo al día siguiente. Amables, sí; muy amables. Parecía que nos conociésemos de largos años.
—¡Adiós, hasta mañana!—me despedí aquella noche de Rocío, detenida un segundo á la puerta de su cuarto, y confirmándola á solas lo que de los dos había querido hacer la casualidad delante de las gentes—. ¡Adiós, Rocío..., mi novia, mi prometida, pronto mi mujer..., tú!!
Con no sé qué congoja, alargándome ambas manos, me ofrecía en los ojos el alma. Recogí sus manos, recogí su alma, y, ávido de su vida entera, la estreché toda contra mí y besé sus ojos con el primer beso de pasión de tantos besos como en tantas noches habían besado las purezas de su frente.
Desde entonces ha dejado de ser la niña para ser plenamente la mujer. La transfiguración viene efectuándose veloz, aunque insensible—según todo en ella se realiza.
No me he dado cuenta de qué modisto la haya podido surtir, ni del momento en que haya abandonado sus trajes de jovencilla, y el hecho es que me parece (siempre la más bella) tan vestida de largo, además, y tan alta y buena moza como cualquiera de estas arrogantes argentinas del Majestic.
No he advertido cuál instante fué el primero en que correspondiesen sus labios á los besos de mi boca, y ahora nuestras bocas se unen fugazmente cada noche en despedidas donde sabe glorificar el ángel las lumbres del amor.
No podría decir cuál minuto marcó el tránsito á la jovialidad expansiva en la pensativa melancólica del buque, y es lo evidente que conmigo está sin desagrado en las reuniones á que frecuentemente nos invitan.
Un cambio exterior que no afecta á la intensa sentimental que es á mi lado. ¿Se debe á que su madre mejora desde hace algunos días, ó á la confianza con que al fin se ve frente á la vida junto á mí?... A ambas cosas, de seguro; y sobre sus alegrías... la duda de la posibilidad de mi divorcio me apuñala el corazón y háceme diferir siempre como un peligro afrentosísimo mi visita al abogado.