Cierro los ojos, cierro los ojos é insensatamente me abandono á la delicia triste del ensueño, que acaso no me guarda más que un ridículo y terrible despertar.

Los Rialta poseen en la Recoleta un magnífico hotel. Allí vamos tratando á muchas gentes distinguidas: diplomáticos, banqueros, hombres de negocios; es decir, vamos tratando á sus esposas y á sus hijas—ya que á ellos, tomados por la argentina actividad que les obliga á pasar las tardes en las oficinas y en las Bolsas y las noches en el Jockey Club cambiando mercantiles impresiones, apenas suele vérseles. Sólo á fin de recoger á las damas con sus automóviles aparecen á última hora en los teatros; y cuando la solemnidad de alguna recepción los fuerza á acompañarlas y á cambiar por la levita el habitual descuido de sus trajes, como en un té donde la otra tarde cantaron la Barrientos y Caruso, las miran con iguales indulgencias que á niñas candorosas vestidas siempre de elegantísimas muñecas.

Y sí, niñas candorosas, grandes niñas candorosas, formado el corazón por el fondo de las rancias virtudes castellanas y el alma abierta á todo lo moderno, á todo lo mundial, esta contradicción las torna encantadoramente incongruentes. Viven á la inglesa desde el punto de vista del confort de sus hogares, sienten en español, menos curiosas por visitar á España que á Francia y Alemania é Inglaterra, y en francés gustan al menor motivo de expresarse. Juegan al tennis ó patinan, sin que las importe lucir las piernas en las cortas faldas, y las mataría el rubor si un descuido en visita se las alzase encima del tobillo. Ofenderíalas un señor recién presentado que al día siguiente las detuviese á saludarlas solas en la calle, y en el salón no tienen el menor reparo en departir con él acerca del Moulin Rouge y de las célebres cocotas de París ó de cualquier tema escabroso puesto en boga desde Europa por libros ó revistas.

Porque, sobre todo, gustan de las conversaciones evocadoras de sus viajes y de la disquisición culta, de la polémica. Jactándose de la ultranueva agilidad de su espíritu, libre de los seculares prejuicios que en el viejo mundo le amodorran, frente á las extranjeras que las tratan, en este cosmopolitismo bonaerense, muéstranse á menudo orgullosas de la espléndida democracia de un país como el suyo, donde no hay que rendir vasallajes á reyes ni señores. Sin embargo, no pueden olvidar los ilustres apellidos españoles que muchas llevan, y así como la señora de Rialta me presenta siempre consignando su parentesco con el conde de Torre-Alba, mi hermano, ella y todas, picadas de aristocratismo, conocen mejor que yo, sin duda por los retratos de las ilustraciones y por las noticias de los revisteros de Madrid, á los descendientes de nuestros históricos duques y marqueses y á los miembros de nuestra dilatada familia real.

En este ambiente de ingenuidad, doblado de rígidas etiquetas, ha caído Rocío como un encanto. Su dominio de varios idiomas confírmala desde luego las simpatías que despiertan su belleza y su bondad. Es admirable la perspicacia que sabe suplirla con una improvisada mundanidad sus infantilismos de inexperta colegiala. Más que una niña educada entre monjas creeríasela una señorita habituada á los refinamientos de un salón. Ninguna acierta á elegir su adorno para cada oportunidad de excursión ó de cena ó de teatro mejor que ella; ninguna se conduce con más gentil desenvoltura de sonrisas y ademanes, y cual ninguna sabe mantenerse en una equilibrada discreción durante las no siempre sencillas discusiones que arman las demás.

Desde el tema tenaz de la Montsalvato, por ejemplo, absuelta como criminal, aunque para estas damas severísimas abominada como adúltera (sin que la disculpen las maldades del marido, que ahora en reacción de sinceraciones y en honor á ella detalla la Prensa diariamente), en términos generales se ha pasado esta noche al del porvenir de la mujer. Un viejo ex ministro sostenía que no pudiera cifrarse sino en la reconstitución del hogar, cada vez más destrozado por perniciosas modas y costumbres, y único semillero de purezas femeninas y de madres capaces de darle al orden social ciudadanos excelentes. Un joven diplomático, opinando que el curso de los tiempos les impondrá á las mujeres la competencia con los hombres en todas las ramas del trabajo y del saber, concedíale, en cambio, más interés al ideal de verlas libertadas, como el hombre mismo, que no al de que continúen siendo sus esclavas virtuosas. Varias señoras han tomado el partido del ex ministro, á pesar de que alguna, junto á mí, me desliza que en su juventud dieron no poco que hablar sus hazañas donjuanescas; más como otras, y entre ellas una culta conferenciante del Consejo Nacional de Educación y una distinguida señorita concurrente á la Escuela de Estudios Psicológicos, apoyan al joven, la controversia sobreviene en una greguería adorable cuyo mismo desorden la encierra pronto en dos extremos inflexibles: el de las que, sin negar la masculina tiranía, juzgan precisamente exaltado frente á ella el sacrificio de pudor y virtud de las mujeres, por lo cual nada deberá cambiarse, y el de las que al sostener la igualdad del hombre y la mujer defiendan que, ó ellos tendrán que confinarse en los hogares con los mismos guardianes de virtud que les imponen á sus esposas y á sus hijas, ó éstas deberán imitarles su absoluta libertad. Recabada mi opinión, abstiéneme el temor de no saber acoplarla de conciso modo entre tanta divergencia; solicitada Rocío más insistentemente, halla la humilde fórmula que á todos satisface: «No cree que esté la solución en que uno ú otro sexo se inviten á sus falsas posiciones actuales, sino en un término medio por el cual los hombres cediesen tanto de su despótica libertad como saliesen las mujeres de su cárcel de prejuicios, hasta encontrarse dignamente.»

¡Oh! Aun conociendo su talento, la vaga profundidad de tal respuesta lánzame al nuevo asombro de la gloria de su alma, tan consciente de ella propia que por nada titubea. Rato después, camino del Majestic, forzado el taxi que nos conduce á rodar despacio entre la aglomeración de otros vehículos frente al teatro Royal, ofrécesenos un cuadro que explica la confinación á que los graves señores argentinos, y los de todas partes, obligan, con más ó menos éxito de resignación, á sus esposas. No todo en ellos resulta abnegaciones de trabajo ni indulgencias desdeñosas á las muñecas bien vestidas, puesto que otras muñecas bien vestidas, no con tanta honestidad, lindas y congregadas en el Royal como en un mercado de placeres, van siendo esperadas á la puerta por los mismos autos que otras noches recogen en Colón honradamente á las honradas... Son las austriacas, las italianas, las francesas; el doloroso cargamento de lujuria y juventud que el viejo mundo le envía al nuevo para saciar el vicio de sus hombres.

Comprende Rocío la significación del espectáculo. Sintiendo la pena del mercado infame que subsiste en nuestro siglo de cultura, tal que en la Alejandría de la barbarie, y recordando á las Eyllin y Placer del buque, á los rebaños de europeas que venían también junto á las monjas, volvemos los dos á evocar lo que yo la dije un día sobre la excisión impuesta á la vida torpemente: ó lo espiritual, en la clausura de renunciaciones de las monjas y en la dorada jaula de resignaciones de las damas, ó lo tan cruel y tan bestial que estamos contemplando.

El auto nos aleja. Con queda voz le resumo á Rocío, sentada al lado mío, enfrente de su madre:

—Todo esto no es sino una forma de la incomprensión á que aludí cuando hube de referirte la mía de otra índole con Laura; y de todo esto hoy tan desacorde, el instinto bruto de los hombres, la pureza de las damas, el misticismo de las monjas y hasta el libre sonreír de las rameras..., fundido alguna vez, por no sé cuál milagro, surgirá definitivo el porvenir que preveías en tu respuesta.