Llegamos. Entramos en el hotel. Subimos.

Como siempre, retrásase Rocío en la puerta de su cuarto brindándome el beso de despedida habitual; pero mi beso en plena boca, y en la vasta sensación de nuestras vidas intensas y diferentes á la vez que parecidas á todas las demás, es tan hondo, es tan largo, fundiendo desde mis labios á sus labios todos los misticismos y purezas y sensualidades de las vidas de los dos, incendiando desde el fondo de mi ser el exaltado afán que en esta noche me invade por saber si la prodigiosa conciencia de Rocío es en verdad tan firme que por nada titubee..., que ella tiene que cortarlo, reclinándose al muro mareada de delicia. Retenida su mano en mi mano, contemplo las gallardas líneas que recorren su estatua hasta los pies.

—¡Qué bella eres! ¡Toda!

Sigo contemplándola, sigo envolviéndola en lo que es otro inmenso beso de mis ojos, nuevo para la casta novia del novio singular que nunca la habló ni la besó sino como hermano, y sobre el rojo anhelo de sus labios sus ojos bajos me esquivan el rubor de su sorpresa.

—¡Qué bella eres toda, toda tú! Una mañana de aquellas de nuestro amanecer de almas en el mar sentí en tu camarote los grifos de tu baño, y cuando saliste estuve para haberte dicho que habría sabido contemplar tu desnudez con idénticas purezas que á tu alma. Así, bajo estas sedas, te estoy ahora imaginando desnuda, purísima y perfecta.

Se estremece. Aumentan la confusión y las lumbres de su faz. Mas no cedo, no quiero ceder, y la reprocho:

—¿Te inquieto? ¡No osas levantar tus ojos á los míos! ¡Ah! Mira, no dí en casa de Rialta mi opinión de la mujer, de la religión de amores que guarda el porvenir y que ya en nosotros se presiente, porque no habría acertado á formularla con las grandes sencilleces de la tuya; la misma, sin embargo: la de la pagana cristiana sin sonrojos de su alma ni su carne, hechas por Dios, y sin ese pudor, por consecuencia, que á solas conmigo te impide confirmar que sea él una de las cadenas de prejuicios de que hablabas hace poco. ¿Te engañabas antes, al decírselo á las otras?

—¡No!—expresa, comprendiendo al fin la intención de mis audacias y entregándome en la firmeza de la voz y de los ojos la brava seguridad de su conciencia.

—¿Qué significa, pues?

—Si lo prefieres, y para ti, para nosotros—sonríe, torturada en humildad—, llámalo «emoción», sencillamente.