Estremecido yo ahora de grandezas, quedamos mirándonos, fijos, serenos, con una serenidad trémula de majestades de la Vida.
—¿Crees en mí?
—¡Como en Dios!
—¿Por encima de toda clase de desconfianzas, por encima de toda clase de temores?
—Sí.
—¡Aunque hubiera de causarte algún mal!
—Aunque hubieras de causármelo; pensaría que tu nobleza me lo causase á pesar tuyo.
—¡Ah! ¿De modo que crees en mí incluso por encima de pudores, por encima de prejuicios?
—Incluso por encima de pudores; incluso por encima de prejuicios.
La acoso—por ver su serenidad cuánto resiste: