—Entonces, ¡ah Rocío!..., ¿si quisiera mi antojo verte desnuda alguna vez?

No vacila. Unicamente al contestar vuelve á bajar los ojos.

—Me verías.

—¿Y si en la alucinación de tu beldad—apuro yo hasta lo cruel—ansiase mi pasión tenerte toda entera?

Se acoge toda roja al refugio de mi hombro y responde en un suspiro de su mismo corazón:

—Me tendrías.

Lo ha dicho con sublime sencillez la purísima, la virgen. Humilde y confiada, su frente háceme en el hombro sentir la de una diosa. Reposa su dignidad en mi dignidad. Ambos callamos.

Es mía y es mi preciadísimo tesoro. Es alma, clara alma de cristal desde la frente á los pies; un alma que en su abandono pasa dulce sobre mí el inmortal peso de la Vida, y con la eucarística unción que á una divina alma que se podría romper, beso su frente; besa ella, santa, mi mano, y así nos despiden en esta noche los dos besos más castos que hayan podido cambiar jamás nuestras noblezas.

III

El coche. Bella perspectiva de todo un día en nosotros mismos. Almorzaremos en el Tigre. Sube Leopolda.