—¿Lloverá?—inquiétase, al subir, Rocío.

—No—afirmo, conminando á las sueltas nubes con el imperio de mi dicha.

Y el portero preséntame una carta cuyo membrete me indica que es, al fin, del letrado á quien anteayer tarde consulté.

Entro en el portal para ocultar mi emoción, y abro la carta. «Tiene el placer» de manifestarme que puedo recoger el informe cuando quiera. Un frío de agujas me recorre; sin embargo, este «tengo el placer» parece desvelar un poco el misterio en el sentido de lo no horrible. ¡Oh! Iría mañana; pero, incapaz de soportar la duda que hoy turbase mi alegría, les ruego á Rocío y Leopolda que me esperen en el Tigre. Va á retenerme una hora la urgencia de un asunto.

Parten.

Tomo otro coche.

Veinte minutos después el letrado me recibe amabilísimo y me anticipa sonriendo:

—Mal; largo. Mas no absolutamente imposible el divorcio, á la mira de otro matrimonio, según le anticipé. Habría que realizarlo en Francia, con previa nacionalización, y no sé si pudiendo prescindir de la voluntad y la comparecencia de ambos cónyuges.

No advierte mi palidez, y pónese á leerme el informe:

«Código argentino. Capítulo VII. Apartado 198: El divorcio que este Código autoriza consiste únicamente en la separación personal de los esposos, sin que sea disuelto el vínculo matrimonial.