Enorme lo que afirma.

La contemplo; la contemplo.

Empiezo á temer que su tortura no sea únicamente la de la cándida novia que me hubiese abandonado sus candores.

¿Por qué me ha mostrado sus joyas? ¿Por qué me acaba de hablar de brutas ambiciones á su carne?

Inmensa mi confusión.

—Como tú, también—continúa, advirtiéndola—, igual que tú de mi alma, guardo palabras de tu alma que pudieran servirle á mi perdón; que pueden servirle al menos de disculpa á la tenacidad de mi amor, si en la vil hubieses al fin de despreciarlo. ¿Recuerdas?... De Laura me dijiste: «Era bella, dulce, noble; mas era al mismo tiempo demasiado pura, demasiado niña; manchado de todas las vilezas, hubiese cambiado á aquella niña por otra con alma de santa que asimismo, al ser buena de nuevo, hubiese sido, sin quererlo, incluso infame..., porque sólo pueden saber de las ternuras infinitas las mártires del dolor y de lo horrendo». Esto te escuché una vez allá en el mar, y no puedes figurarte, Alvaro, la alegría (¡tú la tomaste por el horror de una inocente!) que sintió la que no era sino «una mártir del dolor y de lo horrendo», y que ahora te pregunta: ¿lo repites para mí?

Quedan fijos en avidez sus ojos claros.

Su alma me está expresando tantas cosas de ignominia y de martirio, que una súbita y terrible conexión de aquel ángel del vapor que todo lo entendía y que no se azoraba de mis besos, de esta alusión á las brutas ambiciones á su carne, de estas joyas y de esta madre que no lo es..., fuérzame á pensar en no sé qué precoz prostitución involuntaria de la cual la mártir, la mártir inocente, vendría de Europa huyendo con su máscara de niña.

Por un instante, mi contemplación cobra los asombros de toda mi torpeza y de toda mi piedad ante la víctima adorada y desdichada.

Y, erguido en la butaca, exclamo: