Pero sigue moviendo la cabeza en desesperación desfallecida que parece rechazar la amplitud que la concedo.

—Me basta—díceme después con la insensata calma de un delirio—tu sinceridad con respecto á lo que yo la conjuraba. Ahora, escúchame. Siempre he sido yo la que ha oído con el dificilísimo silencio del mentir de mi silencio la verdad de tus palabras, sombreadas, sin que yo lo viese, de mentira, y te toca á ti, por fin, escuchar en silencio la mentira de las purezas mías que voy á descubrirte. El propósito, ¡nótalo bien!, no es improvisado de esta noche ni suscitado siquiera por la franqueza que tú llamaste tus miserias y traiciones de ladrón. También yo era una ladrona que iba entrando de puntillas en tu alma..., y en esos papeles, escritos para ti, y escritos con tanto más dolor cuando más lealmente franco te juzgaba, está la confesión que ya puedo entregarte con menos repugnancia de mí misma.

Se ahoga. Recóbrase un instante.

—Como tú, lanzada por grandes crueldades del mundo á aquel buque en que la fatalidad quiso juntarnos; como tú y más que tú envilecida é impura, y con un afán tan grande como el tuyo de noblezas en que descansasen mis tormentos, tu alma de martirizado solitario, que á su vez buscábase un consuelo de ideal en la simple contemplación de la máscara de inocencias de una niña, hizo que la infortunadísima mujer oculta dentro de la niña, por primera vez admirada noblemente, quisiera descubrirte todos los infantilismos del alma suya á que nadie jamás habíale concedido aprecio en las brutas ambiciones á su carne. Amigos, hermanos pronto, me entregaste tus pesares; y como los dos nos reconocimos al fin enfermos de muerte en la misma ansia de piedad, tú, que falto de fe en el cielo caminabas á la nada en la tierra, sin querer hacerme daño con tu amor te fuiste enamorando de mi pena; y yo, que no con toda la fe necesaria llevaba el horror de mi desdicha al olvido de un convento, sin querer, sin querer tampoco hacerte daño con mi amor, me fuí enamorando de tus penas, de tu amor, de tu piedad. Cada uno sabíase un miserable; pero un miserable redimido en el pesar de su conciencia y humanamente salvado en el «imposible amor de traición» al otro; y la lástima es que á ambos nos faltase en tantos días, en tantos días, y sobre todo en aquéllos tan diáfanos del mar, el valor de confesarnos mutuamente miserables—para no haber tenido que llegar á la misma confesión en estas noches, tras un calvario de vergüenza. Sin embargo, has sido el primero en la lealtad, y tal vez el no haberlo sido yo haga á mi tardía confesión inútil para redimir en tus caridades á quien, como tú, y más que tú, porque tú en Madrid tienes una hermana, sin ti habría de seguir su triste camino sola por el mundo.

—¡Rocío! ¡Tienes á tu madre!

Marca un silencio, y gime abandonándose á una mano:

—Leopolda... no es mi madre.

—¡Cómo!! Que... ¿Leopolda...?

—No es nada de mí.

¡Ah!