La Lechera.

Llevaba en la cabeza
Una Lechera el cántaro[78] al mercado,
Con aquella presteza,
Aquel aire sencillo, aquel agrado,
Que va diciendo á todo el que lo advierte:
¡Yo si que estoy contenta con mi suerte!
Porque no apetecía
Más compañía que su pensamiento,
Que alegre la ofrecía
Inocentes ideas de contento.
Marchaba sola la feliz Lechera,
Y decía entre sí de esta manera:
—Esta leche vendida,
En limpio[79] me dará tanto dinero;
Y con esta partida
Un canasto[80] de huevos comprar quiero,
Para sacar cien pollos, que al estío
Me rodeen cantando el pío, pío.
Del importe logrado
De tanto pollo, mercaré[81] un cochino;
Con bellota, salvado,
Berza, castaña engordará sin tino,
Tanto que puede ser que yo consiga
Ver como se le arrastra la barriga[82].
Llevaréle[83] al mercado,
Sacaré de él sin duda buen dinero[84]
Compraré de contado
Una robusta vaca y un ternero
Que salte y corra toda la compaña[85]
Hasta el monte cercano á la cabaña.
Con este pensamiento
Enajenada brinca de manera,
Que á su salto violento
El cántaro cayó. ¡Pobre Lechera!
¡Qué compasión! Á Dios[86] leche, dinero,
Huevos, pollos, lechón, vaca y ternero.
¡Oh loca fantasía,
Qué palacios fabricas en el viento!
Modera tu alegría,
No sea que, saltando de contento,
Al contemplar dichosa tu mudanza,
Quiebre su[87] cantarillo la esperanza.
No seas ambiciosa
De mejor ó más próspera fortuna,
Que vivirás ansiosa,
Sin que pueda saciarte cosa alguna.
No anheles impaciente el bien futuro,
Mira que ni el presente está seguro.

FÁBULA III

El Asno sesudo.

Cierto Burro pacía
En la fresca y hermosa pradería[88]
Con tanta paz, como si aquella tierra
No fuese entonces teatro de la guerra.
Su dueño, que con miedo le guardaba,
De centinela en la ribera estaba:
Divisa al enemigo en la llanura;
Baja, y al buen Borrico le conjura[89]
Que huya precipitado.
El asno muy sesudo y reposado
Empieza á andar á paso perezoso.
Impaciente su dueño y temeroso
Con el marcial ruido
De bélicas trompetas al oído,
Le exhorta con fervor á la carrera.
—¡Yo correr! dijo el Asno, ¡bueno fuera!
Que llegue en hora buena Marte[90] fiero:
Me rindo, y él me lleva prisionero.
Servir aquí ó allí ¿no es todo uno?
¿Me pondrán dos albardas? no, ninguno[91].
Pues nada pierdo, nada me acobarda,
Siempre seré un esclavo con albarda.
No estuvo más en sí, ni más entero
Que el buen Pollino[92], Amiclas el barquero,
Cuando en su humilde choza le despierta
César con sus soldados á la puerta,
Para que á la Calabria los guiase.
¿Se podría encontrar quién no temblase,
Entre los poderosos,
De insultos[93] militares horrorosos
De la guerra enemiga?
No hay sino la pobreza que consiga
Esta grande exención; de aquí proviene[94]:
Nada teme perder quien nada tiene.

FÁBULA IV

El Zagal y las Ovejas.