FÁBULA XXIV

El Torrente y el Río.

Despeñado un Torrente
De un encumbrado cerro[249],
Caía en una peña,
Y atronaba el recinto con su estruendo.
Seguido de ladrones
Un triste pasajero,
Despreciando el ruido,
Atravesó el raudal sin desaliento;
Que es común en los hombres
Poseídos del miedo,
Para salvar la vida,
Exponerla tal vez á mayor riesgo.
Llegaron los bandidos,
Practicaron lo mesmo[250]
Que antes el caminante,
Y fueron en su alcance y seguimiento.
Encontró el miserable
De allí á muy poco trecho
Un río caudaloso[251],
Que corría apacible y con silencio.
Con tan buenas señales,
Y el próspero suceso
Del raudal bullicioso,
Determinó vadearle sin recelo;
Mas apenas dió un paso,
Pagó su desacuerdo[252],
Quedando sepultado
En las aleves aguas sin remedio
Temamos los peligros
De designios secretos;
Que el ruidoso aparato,
Si no se desvanece, anuncia el riesgo[253].

FÁBULA XXV

El León, el Lobo y la Zorra.

Trémulo y achacoso[254]
Á fuerza de años un León estaba:
Hizo venir los médicos ansioso,
Por ver si alguno de ellos le curaba.
De todas las especies y regiones
Profesores llegaban á millones.
Todos conocen incurable el daño,
Ninguno al rey propone el desengaño;
Cada cual sus remedios le procura,
Como si la vejez tuviese cura.
Un Lobo cortesano,
Con tono adulador y fin torcido,
Dijo á su soberano:
—He notado, señor, que no ha asistido
La Zorra, como médico, al congreso;
Y pudiera esperarse buen suceso
De su dictamen en tan grave asunto.—
Quiso su Majestad que luego al punto
Por la posta viniese:
Llega, sube á palacio; y como viese
Al Lobo su enemigo, ya instruída
De que él era el autor de su venida,
Que ella excusaba cautelosamente,
Inclinándose al rey[255] profundamente,
Dijo:—Quizá[256], señor, no habrá faltado
Quien haya mi tardanza acriminado;
Mas será porque ignora
Que vengo de cumplir un voto ahora,
Que por vuestra salud tenía hecho;
Y para más provecho,
En mi viaje traté gentes[257] de ciencia
Sobre vuestra dolencia.
Convienen pues los grandes profesores
En que no tenéis vicio en los humores;
En que sólo los años han dejado
El calor natural algo apagado;
Pero éste se recobra y vivifica,
Sin fastidio, sin drogas de botica,
Con un remedio simple, liso y llano,
Que vuestra Majestad tiene en la mano.
Á un Lobo vivo arránquenle el pellejo;
Haced que os lo apliquen al instante,
Y por más que estéis débil, flaco, viejo,
Os sentiréis robusto y rozagante,
Con apetito tal, que sin esfuerzo,
El mismo Lobo os servirá de almuerzo.
Convino el rey, y, entre el furor y el hierro,
Murió el infeliz Lobo como un perro.
Así viven y mueren cada día
En su guerra interior los palaciegos[258],
Que con la emulación rabiosa ciegos,
Al degüello se tiran á porfia.
Tomen esta lección muy oportuna:
Lleguen á la privanza, en hora buena;
Mas labren su fortuna
Sin cimentarla en la desgracia ajena.