Vencidos los Ratones,
Huían con presteza
De una atroz, enemiga
Tropa de Comadrejas.
Marchaban con desorden,
Que, cuando el miedo reina,
Es la confusión sola
El jefe que gobierna.
Llegaron presurosos
Á sus angostas cuevas,
Logrando los soldados
Entrar á duras penas;
Pero los capitanes[241],
Que en las estrechas puertas
Quedaron atascados
Sin ninguna defensa,
Á causa de unos cuernos
Puestos en las cabezas,
Para ser de sus tropas
Vistos en la refriega,
Fueron las desdichadas
Víctimas de la guerra;
Haciendo de sus cuerpos
Pasto las Comadrejas.
¡Cuántas veces los hombres
Distinciones anhelan,
Y suelen ser la causa
De sus desdichas ellas[242]!
Si Júpiter dispara
Sus rayos á la tierra,
Antes que á las cabañas,
Á los palacios y á las torres llegan.
FÁBULA XXI
El León y la Rana.
Una lóbrega noche silenciosa,
Iba un León horroroso,
Con mesurado paso majestuoso
Por una selva: oyó una voz ruidosa,
Que con tono molesto y continuado
Llamaba la atención, y aun el cuidado
Del reinante[243] animal, que no sabía
De qué bestia feroz quizá saldría
Aquella voz, que tanto más sonaba
Cuanto más en silencio todo estaba.
Su Majestad leonesa
La selva toda registrar procura;
Mas nada encuentra con la noche obscura,
Hasta que pudo ver, ¡oh qué sorpresa!
Que sale de un estanque, á la mañana,
La tal bestia feroz, y era una Rana.
Llamará la atención de mucha gente
El charlatán con su manía loca;
Mas ¿qué logra, si al fin verá el prudente
Que no es sino una Rana, todo boca[244]?
FÁBULA XXII
El Ciervo y los Bueyes.
Con inminente riesgo de la vida
Un ciervo se escapó de la batida,
Y en la quinta cercana de repente
Se metió en el establo incautamente.
Dícele un Buey:—¿Ignoras, desdichado,
Que aquí viven los hombres? ¡ah cuidado!
Detente, y hallarás tanto reposo,
Como perdiz en boca de raposo.
El Ciervo respondió:—Pero, no obstante,
Dejadme descansar algún instante,
Y en la ocasión primera
Al bosque espeso emprendo mi carrera.
Oculto en el ramaje permanece:
Á la noche el boyero se aparece,
Al ganado reparte el alimento:
Nada divisa; sálese al momento.
El mayoral y los criados entran,
Y tampoco lo encuentran.
Libre de aquel apuro,
El Ciervo se contaba por seguro;
Pero el Buey más anciano
Le dice:—Qué ¿te alegras tan temprano?
Si el amo llega, lo perdiste todo:
Yo le llamo Cienojos[245] por apodo;
Mas chitón, que ya viene.—
Entra Cienojos, todo lo previene;
Á los rústicos dice:—No hay consuelo:
Las colleras tiradas por el suelo,
Limpio el pesebre, pero muy de paso,
El ramaje muy seco y más escaso;
Seor[246] mayoral, ¿es éste buen gobierno?
En esto mira al enramado cuerno
Del triste Ciervo: grita, acuden todos
Contra el pobre animal de varios modos;
Y á la rústica usanza
Se celebró la fiesta de matanza.
Esto quiere decir que el amo bueno
No se debe fiar del ojo ajeno[247].
FÁBULA XXIII
Los Navegantes.
Lloraban unos tristes pasajeros,
Viendo su pobre nave combatida
De recias olas y de vientos fieros,
Ya casi sumergida;
Cuando súbitamente
El viento calma, el cielo se serena,
Y la afligida gente
Convierte en risa la pasada pena.
Mas el piloto estuvo muy sereno,
Tanto en la tempestad como en bonanza;
Pues sabe que lo malo y que lo bueno
Está sujeto á súbita mudanza[248].