Iban, mas no sé á dónde ciertamente,
Un Caballo y un Asno juntamente:
Éste cargado, pero aquél sin carga.
El grave peso, la carrera larga,
Causaron al Borrico tal fatiga,
Que la necesidad misma le obliga
Á dar en tierra.—Amigo compañero,
No puedo más, decía; yo me muero:
Repartamos la carga, y será poca;
Si no, se me va el alma por la boca.
Dice el otro:—Revienta en hora buena;
¿Por eso he de sufrir la carga ajena?
Gran bestia seré yo, si tal hiciere.
Miren, y ¡qué Borrico se me muere!
Tan justamente se quejó el Jumento,
Que expiró[268] el infeliz en el momento.
El Caballo conoce su pecado,
Pues tuvo que llevar mal de su grado
Los fardos y aparejos todo junto;
Ítem más, el pellejo del difunto.
Juan, alivia en sus penas al vecino;
Y él, cuando tú las tengas, déte ayuda.
Si no lo hacéis así, temed sin duda
Que seréis el Caballo y el Pollino.
FÁBULA IV
El Labrador y la Providencia.
Un labrador cansado
En el ardiente estío[269]
Debajo de una encina
Reposaba pacífico y tranquilo.
Desde su dulce estancia
Miraba agradecido
El bien con que la tierra
Premiaba sus penosos ejercicios[270].
Entre mil producciones,
Hijas de su cultivo,
Veía calabazas,
Melones por los suelos esparcidos.
—«¿Por qué la Providencia,
Decía entre sí mismo,
Puso á la ruin bellota
En elevado preeminente sitio?
¿Cuánto mejor sería,
Que trocando el destino,
Pendiesen de las ramas
Calabazas, melones y pepinos?»
Bien oportunamente,
Al tiempo que esto dijo,
Cayendo una bellota,
Le pegó en las narices de improviso.
—«Pardiez, prorrumpió entonces
El Labrador sencillo,
Si lo que fué bellota,
Algún gordo melón hubiera sido,
Desde luego pudiera
Tomar á buen partido,
En caso semejante
Quedar desnarigado, pero vivo.
Aquí la Providencia
Manifestarle quiso
Que supo á cada cosa
Señalar sabiamente su destino.
Á mayor[271] bien del hombre
Todo está repartido;
Preso el pez en su concha[272],
Y libre por el aire el pajarillo.
FÁBULA V
El Asno vestido de León[273].
Un Asno disfrazado
Con una grande piel[274] de León andaba;
Por su temible aspecto casi estaba
Desierto el bosque, solitario el prado.
Pero quiso el destino,
Que le llagase á ver desde el molino
La punta de una oreja el molinero.
Armado entonces de un garrote fiero,
Dale de palos, llévalo á su casa;
Divúlgase al contorno[275] lo que pasa;
Llegan todos á ver en el instante
Al que habían temido León reinante;
Y haciendo mofa de su idea necia,
Quien más le respetó, más le desprecia.
Desde que oi del Asno contar esto,
Dos ochavos apuesto,
Si es que Pedro Fernández[276] no se deja
De andar con el disfraz de caballero,
A vueltas del vestido y el sombrero[277],
Que le han de ver la punta de la oreja.