El Cazador y los Conejos.

Poco antes que esparciese
Sus cabellos en hebras
El rubicundo Apolo[394]
Por la faz de la tierra,
De cazador armado
Al soto Fabio llega.
Por el nudoso tronco
De cierta encina vieja
Sube, para ocultarse
En las ramas espesas.
Los incautos Conejos
Alegres se le acercan:
Uno del verde prado
Igualaba la hierba;
Otro, cual jardinero,
Las florecillas riega:
El tomillo y romero
Éste y aquél cercenan.
Entre tanto, al más gordo
Fabio su tiro asesta:
Dispara, y al estruendo
Se meten en sus cuevas[395]
Tan repentinamente,
Que á muchos pareciera
Que, salvo el muerto, á todos
Se los tragó la tierra.
¿Después de tal espanto
Habrá alguno que crea
Que de allí á poco rato
La tímida caterva,
Olvidando el peligro,
Al riesgo se presenta?
Cosa extraña parece,
Mas no se admiren de ella:
¿Acaso los humanos
Obran de otra manera?

FÁBULA IV

El Filósofo y el Faisán.

Llevado de la dulce melodía
Del cántico variado y delicioso,
Que en un bosque frondoso
Las aves forman saludando al día,
Entró cierta mañana
Un Sabio en los dominios de Diana.
Sus pasos esparcieron el espanto
En la agradable estancia:
Interrúmpese el canto;
Las aves vuelan á mayor distancia;
Todos los animales, asustados,
Huyen delante de él precipitados;
Y el Filósofo queda
Con un triste silencio en la arboleda.
Marcha con cauto paso ocultamente,
Descubre sobre un árbol eminente
Á un Faisán rodeado de su cría,
Que con amor materno la[396] decía:
—Hijos míos, pues ya que en mis lecciones
Largamente os hablé de los milanos,
De los buitres y halcones,
Hoy hemos de tratar de los humanos.
La oveja en leche y lana
Da abrigo y alimento
Para la raza humana;
Y en agradecimiento
Á tan gran bienhechora,
La mata el hombre mismo y la devora.
A la abeja, que labra sus panales
Artificiosamente,
La[397] roba, come, vende sus caudales,
Y la[398] mata en ejércitos su gente.
¿Qué recompensa en suma
Consigue al fin el ganso miserable
Por el precioso bien incomparable
De ayudar á las ciencias con su pluma[399]?
Le da muerte temprana el hombre ingrato
Y hace de su cadáver un gran plato.
Y pues que los humanos son peores
Que milanos y azores,
Y que toda perversa criatura,
Huiréis con horror de su figura.—
Así charló[400], y el hombre se presenta.
—Ése es, grita la madre; y al instante
La familia volante
Se desprende del árbol y se ausenta.
¡Oh cómo habló el Faisán! ¡Mas, que dijera,
El filósofo exclama, si supiera
Que en sus propios hermanos
La ingratitud ejercen los humanos!

FÁBULA V