Aunque te haya elevado la fortuna
Desde el polvo á los cuernos de luna,
Si hablas, Fabio, al humilde con desprecio,
Tanto como eres grande, serás necio,
¡Qué! ¿te irritas? ¿te ofende mi lenguaje?
—No se habla de ese modo á un personaje.
—Pues haz cuenta, señor, que no me oiste,
Y escucha á un Caracol: vaya de chiste.
En un bello jardín cierta mañana,
Se puso muy ufana
Sobre la blanca rosa
Una recién nacida Mariposa.
El sol resplandeciente
Desde su claro oriente
Los rayos esparcía:
Ella á su luz las alas extendía,
Sólo por que envidiasen sus colores
Manchadas aves y pintadas flores[405].
Esta vana, preciada de belleza,
Al volver la cabeza
Vió muy cerca de sí sobre una rama
Á un pardo Caracol. La bella dama
Irritada exclamó:—¿Cómo, grosero,
Á mi lado te acercas? Jardinero,
¿De qué sirve que tengas con cuidado
El jardín cultivado,
Y guarde tu desvelo
La rica fruta del rigor del hielo,
Y los tiernos botones de las plantas,
Si ensucia y come todo cuanto plantas,
Este vil Caracol de baja esfera?
Ó mátale al instante, ó vaya fuera.
—Quien ahora te oyese,
Si no te conociese,
Respondió el Caracol, en mi conciencia
Que pudiera temblar en tu presencia.
Mas díme, miserable criatura,
Que acabas de salir de la basura,
¿Puedes negar que aun no hace cuatro días
Que gustosa solías,
Como humilde reptil andar conmigo,
Y yo te hacía honor en ser tu amigo?
¿No es también evidente,
Que eres por línea recta descendiente
De las Orugas[406], pobres hilanderos[407],
Que mirándose en cueros,
De sus tripas hilaban y tejían
Un fardo en que el invierno se metían,
Como tú te has metido,
Y aun no hace cuatro días que has salido.
Pues si éste fué tu origen y tu casa,
Por qué tu ventolera se propasa
Á despreciar á un Caracol honrado?—
¿El que tiene de vidrio su tejado[408]
Esto logra de bueno
Con tirar las pedradas al ajeno.

FÁBULA VIII

Los dos Titiriteros[409].

Todo el pueblo admirado
Estaba en una plaza amontonado,
Y en medio se empinaba un Titerero
Enseñando una bolsa sin dinero;
—Pase de mano en mano, les decía:
Señores, no hay engaño, está vacía.—
Se la vuelven, la sopla, y al momento
Derrama pesos duros, ¡qué portento!
Levántase un murmullo de repente,
Cuando ven por encima de la gente
Otro Titiritero á competencia.
Queda en expectación la concurrencia
Con silencio profundo;
Cesó el primero, y empezó el segundo.
Presenta de licor unas botellas:
Algunos se arrojaron hacia ellas,
Y al punto las hallaron transformadas
En sangrientas espadas.
Muestra un par de bolsillos de doblones:
Dos personas, sin duda dos ladrones,
Les echaron la garra muy ufanos,
Y se ven dos cordeles en sus manos.
Á un relator cargado de procesos
Una letra le enseña de mil pesos.
Sople usted: sopla el hombre apresurado,
Y le cierra los labios un candado.
Á un abate[410] arrimado á su cortejo
Le presenta un espejo,
Y al mirar su retrato peregrino,
Se vió con las orejas de pollino.
Á un santero[411] le manda
Que se acerque: le pilla la demanda[412],
Y allá, con sus hechizos,
La convirtió en merienda de chorizos.
Á un joven desenvuelto y rozagante
Le regala un diamante:
Éste le dió á su dama, y en el punto
Pálido se quedó como un difunto,
Item más, sin narices y sin dientes;
Allí fué la rechifla de las gentes,
La burla y la chacota.
El primer Titerero se alborota.
Dice por el segundo con denuedo:
—Ese hombre tiene un diablo en cada dedo,
Pues no encierran virtud tan peregrina
Los polvos de la madre Celestina[413];
Que declare su nombre.—
El concurso lo pide, y el buen hombre
Entonces, más modesto que un novicio,
Dijo: No soy el diablo, sino el vicio.

FÁBULA IX

El Raposo y el Perro.

De un modo muy afable y amistoso,
El Mastín de un pastor con un Raposo
Se solía juntar algunos ratos,
Como tal vez los perros y los gatos[414]
Con amistad se tratan. Cierto día
El Zorro á su compadre[415] le decía:
Estoy muy irritado:
Los hombres por el mundo han divulgado
Que mi raza inocente (¡qué injusticia!)
Les anda circumcirca[416] en la malicia.
¡Ah maldita canalla!
Si yo pudiera...—En esto el Zorro calla,
Y erizado se agacha.—Soy perdido,
Dice, los cazadores he oído.
¿Qué me sucede?—Nada:
No temas, le responde el camarada;
Son las gentes[417] que pasan al mercado.
Mira, mira, cuitado,
Marchar haldas en cinta á mis vecinas
Coronadas con cestas de gallinas.
—No estoy, dijo el Raposo, para fiestas;
Vete con tus gallinas y tus cestas,
Y satiriza á otro. Porque sabes
Que robaron anoche algunas aves,
¿He de ser yo el ladrón?—En mi conciencia
Que hablé, dijo el Mastín, con inocencia.
¿Yo pensar que has robado el gallinero,
Cuando siempre te vi como un cordero?
—¡Cordero! exclama el Zorro; no hay aguante
Que cordero me vuelva en el instante,
Si he hurtado el que falta en tu majada.
—Hola, concluye el Perro, camarada,
El ladrón es Ud.[418] según se explica.—
El estuche[419] molar al punto aplica
Al mísero Raposo,
Para que así escarmiente el cosquilloso[420],
Que de las fabulillas se resiente.
«Si no estás inocente,
Dime, ¿por qué no bajas las orejas?
Y si acaso lo estás, ¿de qué te quejas?»

LIBRO NONO