Una noche de mayo,
Dentro de un bosque espeso,
Donde según reinaba
La triste obscuridad con el silencio,
Parece que tenía
Su habitación Morfeo;
Cuando todo viviente
Disfrutaba del dulce y blando sueño,
Pendiente de una rama
Un Ruiseñor parlero[443]
Empezó con sus ayes
Á publicar sus dolorosos celos.
Después de mil querellas,
Que llegaron al cielo,
Á cantar empezaba
La antigua historia del infiel Teseo,
Cuando, sin saber como,
Un cazador Mochuelo
Al músico arrebata
Entre las corvas uñas prisionero.
Jamás Pan con la flauta
Igualó sus gorjeos,
Ni resonó tan grata
La dulce lira del divino Orfeo.
No obstante, cuando daba[444]
Sus últimos lamentos,
Los vecinos del bosque
Aplaudían su muerte: yo lo creo.
Si con sus serenatas
El mismo Farinelo
Viniese á despertarme,
Mientras que yo dormía[445] en blando lecho;
En lugar de los bravos,
Diría: Caballero,
¡Que no viniese ahora
Para tal Ruiseñor algún Mochuelo!
Clori tiene mil gracias:
Y ¿qué logra con eso?
Hacerse fastidiosa
Por no querer usarlas á su tiempo.
FÁBULA X
El Amo y el Perro.
—Callen todos los perros de este mundo
Donde está mi Palomo:
Es fiel, decía el Amo, sin segundo
Y me guarda la casa... pero ¿cómo?
Con la despensa abierta
Le dejé cierto día;
En medio de la puerta
De guardia se plantó con bizarría.
Un formidable gato,
En vez de perseguir á los ratones,
Se venía guiado del olfato
Á visitar chorizos y jamones.
Palomo le despide buenamente;
El gatazo[446] se encrespa y acalora:
Riñen sangrientamente,
Y mi Guardajamones[447] le devora.—
Esto contaba el Amo á sus amigos,
Y después á su casa se los lleva
Á que fuesen testigos
De tal fidelidad en otra prueba.
Tenía al buen Palomo prisionero
Entre manidas pollas y perdices:
Los sebosos riñones de un carnero
Casi casi le untaban las narices.
Dentro de este retiro á penitencia[448]
El triste fué metido
Después de algunos días de abstinencia.
Al fin, ya su Señor compadecido
Abre con sus amigos el encierro;
Sale rabo entre piernas agachado:
Al Amo se acercaba el pobre Perro,
Lamiéndose el hocico ensangrentado.
El Dueño se alborota y enfurece
Con tan fatales nuevas.
Yo le preguntaría ¿Y qué merece
Quien la virtud expone á tales pruebas?
FÁBULA XI
Los dos Cazadores.
Que en una marcial función,
Ó cuando el caso lo pida,
Arriesgue un hombre su vida,
Digo que es mucha razón.
Pero el que por diversión
Exponer su vida quiera
Á juguete de una fiera,
Ó peligros no menores,
Sepa de dos Cazadores
Una historia verdadera.
Pedro Ponce, el valeroso,
Y Juan Carranza, el prudente,
Vieron venir frente á frente
Al lobo más horroroso.
El prudente, temeroso,
Á una encina se abalanza,
Y cual otro Sancho Panza,
En las ramas se salvó.
Pedro Ponce allí murió:
Imitemos á Carranza.