— Señor, que tiene su mercé la voz como una campana doble, y que está su mercé en ese sillon tan jermoso, que parece un colchon sin bastas en una galera despalmaa.

— ¡Por via de la chiquilla desvergonzada! gritó D. Martin: escapúllete; mira que si me levanto, te doy un sosquin que te apago.

Clemencia volvió con un cobertor, una almohada y algun dinero que dió á la gitanilla. Esta sacó de una bolsita que llevaba colgada al cuello una cedulita que dió á su protectora diciéndola:

— Abrala su mercé el dia que se case, señorita mia, cara de rosa de abril, y entónces verá si no son ciertas las felicidades que le predijo la gitanilla.

— ¡La felicidad! ¡la felicidad! dijo Clemencia volviendo á ocupar su asiento; no existe palabra que tenga mas acepciones; cada uno la entiende á su manera; ¡puede que esa inocente crea que está en casarse!

— La felicidad está, dijo D. Martin, en ser un mayorazgo como yo, y reirse del mundo; ¿no es verdad, señora? — prosiguió dirigiéndose á su mujer, á la que por una de sus ideas llamaba siempre delante de gentes de usted.

— Martin, contestó ella, en este mundo cansado, ni bien cumplido ni mal acabado. Esta vida es un viaje: ¿á qué anhelar por buenas posadas, en que no hemos de estar sino de tránsito?

— Pues, señora, mas que sea de tránsito, como que el transitillo mio es, á la hora esta, de duracion de setenta y siete años, sin los que caigan, digo que soy feliz, gracias á Vd., señora, y á mi Malva-rosita. Si no fuera por la muerte de mis hijos, era yo quien se habria comido la torta del cielo; pero en fin, nadie se va de este mundo sin saber que ha estado en él.

— Dí gracias á Dios, y no á nosotras, Martin, repuso su mujer.

— Sí señora, sí señora, no hay duda de que de Dios nos viene el bien, pero de las abejas la miel; contestó su marido.