— ¿A que no entendeis vos la felicidad como mi padre, tio? preguntó Clemencia al Abad.
— Es claro que no, hija mia, contestó este; pues creo que la verdadera está en procurarse alas que nos eleven, no á las nubes, sino sobre ellas; pues las nubes con su indeciso y mudable rumbo é indistintas formas, aunque en esfera aérea, son de terrestre orígen, y á la tierra vuelven.
— Pues, hermano, opinó D. Martin, como no sean las de los ángeles, estoy para mí que las de los pájaros no vuelan tan alto. ¿Qué dices tú, Pablo? que estás siempre callado y con la boca abierta como cañon arrumbado, y no parece sino que te criaron con migas y adormideras. ¿No digo yo bien, y no mi hermano, que todo lo pone fuera de tiro de pistola?
— Señor, contestó Pablo, cuando la felicidad segun uno la sueña, está en un imposible, vale mas que el deseo se abstenga de analizarla y el corazon de ansiar por ella.
— Pablo, hombre, repuso su tio, estoy para mí, que con las latines que te engulles por receta de mi hermano, te vas á meter á coplero. Lo que has dicho es un sinfundo en buen versaje; pero á tí te están esas jerigonzas como los requilorios á las viejas.
Latines era para D. Martin el nombre genérico de todo estudio y saber.
— Hermano, le dijo el Abad, lo que dices es poco delicado y poco cierto. El saber le está tan bien á Pablo, como á todo hombre que tiene, como él, un gran entendimiento, una alta inteligencia, un alma elevada, y un gran deseo de aprender.
— Mira, Abad, repuso D. Martin, siempre te estoy oyendo hablar de delicadeza; esa es tu muletilla; ¿me querrás decir lo que tú entiendes por esa voz? Porque quiéreme parecer que tú la miras como un carabinero plantado en la boca; y has de saber que no la entiendo yo así, porque la boca mia es puerto franco. Tu empresa de pulirle los cascos á Pablo ha de ser como la hacienda de la mujer, hecha y por hacer.
— La delicadeza, repuso el Abad, segun la define un filósofo suizo, «se muestra como un constante sacrificio de sí mismo, que se contenta con su propio sufragio, sustrayéndose á la ajena gratitud; es un encarecimiento de consideraciones y urbanidades hácia el desgraciado; es el perdon de una injuria pagándola con un beneficio; es una restriccion de los propios derechos, el desprecio de la apariencia; es un respeto á sí mismo, que hace que uno no se permita en ausencia lo que no se permitiria en presencia de testigos; es una fidelidad á la propia palabra, que sobrevive á la amistad, al amor, á la estimacion y aun á la muerte. Es la continuacion de los buenos procederes, aun despues de enemistarse y cortar relaciones; es una atencion obsequiosa y tan fina, que no puede ser adivinada ni sentida, sino por aquella persona á la que va dirigida. Es una celebracion indirecta de los méritos de una persona presente, encareciendo los mismos en otra persona ausente; es rehusar un segundo beneficio, despues de admitir el primero; es gozar mas en el placer de otros que en el propio.» Así, hermano mio, define Weiss la delicadeza. Yo definiria su esencia diciendo, que es una flor que tiene sus raíces en el corazon; á la cual cria el entendimiento, y que recibe de la cultura su esquisito perfume.
— Hermano, dijo D. Martin, eso es estracto sublimado de las cosas: ménos espuma y mas chocolate. El corazon en la mano, y en el corazon buena sangre, eso es delicadeza, segun lo entiendo yo; ó bien, la fruta sin la flor, como dirias tú.