— En tí, Martin, repuso el Abad, halla tan buen terreno, que crece lozana aunque inculta. Si no da fragantes flores, efectivamente da ópimos frutos; pero gentes hay, Martin, que son estériles troncos para esta fruta, y ramas secas para aquella flor.

— Malva-rosita, dijo D. Martin, distraido ya de una conversacion que no le interesaba, tira la cédula que te dió aquella lombriz de caño sucio.

— No señor, no señor, repuso alegremente Clemencia, la voy á guardar como oro en paño.

— Eso es una tontería de dos varas, niña.

— Déjala, Martin, intervino Doña Brígida, deja que cada uno haga lo que le parezca, en no ofendiendo ni á Dios ni á tí: eso sí es la verdadera delicadeza; pero, ¿no digo que en todo te has de meter, como los periódicos?

— Señora, repuso D. Martin, los periódicos se meten en casas ajenas con las llaves del sacristan que les ha dado la niña que nació en Cádiz; pero yo no me meto sino en la mia. Mas ya callo, ya callo, señora, pues lo mandais; pero ello es, que si yo me metiese en mi concha como lo hace Vd., iria todo en la casa manga por hombro. En metiéndose Vd. en su oratorio, ahí se las den todas. Señora, ¿no sabe Vd. aquello de «la confianza en Dios, y los piés en la calle?»

— Voy á seguir tu consejo, dijo con grave sonrisa Doña Brígida, pues mi prima me está aguardando en el locutorio con la Madre Abadesa.

La señora se levantó, fué á su cuarto y salió; y ¡cosa nunca vista! dejó olvidada sobre la silla, la llave de su oratorio, la cual siempre llevaba consigo, y en el que nadie sino ella penetraba jamas.

— Toma esa llave, dijo D. Martin á Clemencia, y vé á ver qué demonios tiene la señora escondido en su oratorio, mas oculto que el oro en el centro de la tierra.

— Señor, contestó Clemencia, sabeis que no quiere madre que nadie entre.