— Anda, anda, que yo te lo mando.
— ¡Por Dios, señor!...
— ¿Qué gran misterio puede acaso ocultar? ¡vea usted!
— Sea el que fuere, debemos respetarlo.
— ¡Oiga! ¡Debemos! Mira, María Sentencias, haz lo que mando, y vé.
— No me lo mandais, no.
— ¿Que no? ¿Hablo estranjis? ¡Te lo mando, caracoles!
— No puede ser.
— ¿Y porqué no, malva-terquilla?
— Porque no me querréis dar una gran pesadumbre.