— ¿Cuál? ¿la de ir á meter las narices en el oratorio de la señora?
— Eso no, porque no iria; sino la de desobedeceros, padre.
En este momento entró Doña Brígida, que volvia en busca de su llave que habia echado de ménos.
D. Martin se apresuró á contarla lo que habia pasado, culpando á su malva-terquilla.
— Hizo lo que debia, Martin, le dijo la grave señora; la voluntad ajena y el sello se deben respetar siempre. Para premiar la consideracion que me has tenido, añadió dirigiéndose á Clemencia, te autorizo á que entres en mi oratorio.
Alargóle la llave, que tomó Clemencia, encaminándose tan luego hácia el oratorio, que se hallaba en el cuerpo alto.
Estaba este oscuro, y solo alumbrado por la débil luz de una lámpara. Sobre el altar habia una imágen de la Vírgen de los Dolores. Mas abajo, á sus piés, sobre un pedestal de mármol blanco, estaba una calavera; en el zócalo del pedestal se leia en letras negras este letrero:
LO QUE ERES, FUI;
LO QUE SOY, SERAS!
Clemencia salió tétricamente impresionada.
— Tio, dijo al Abad cuando estuvieron solos, despues de referirle lo que habia visto, allí encerrada pasa madre horas enteras, ¿no es esto una idea estraña é hipocondríaca? ¿Ha de enlutarse la vida con tales espectáculos?